El cachetazo lo llegué a sentir más fuerte de lo que seguramente fue. Debió de ser el frío, o la bronca contenida que trataba de agarrarme hasta con las plantas pero no con ella. Se la dejé pasar, la miré como quien se contiene enteramente por el simple hecho de no perder tiempo mandándote al carajo, y me fui sin siquiera decirle "un saludo a la tía!" como siempre suelo despedirme apenas doblo la cuadra.
Cuando Soledad, mi prima, me dijo de ir a bailar para el sábado de su cumpleaños -cumplió el lunes y no quería festejarlo antes- yo por supuesto que, con una sonrisa y haciéndome ya a la idea de una noche por lo menos "copada", le dije que sí pensando desde ese lunes en qué ponerme el fin de semana. Todo lo contrario por lado de mi hermana, que ya tuvo bastante joda en su haber, y no es muy prendida a la hora de organizar y toda la cosa, pero se la banca para que mi prima después no le pase factura. Pasa la semana, el lunes sinceramente la pasamos genial -incluyendo una pública tirada de onda que esquivé monumentalmente haciéndome la boluda- y tenía todas las esperanzas puestas para el sábado. Para qué.
Primero y principal, (sujeto a esto quiero hacer un llamado a la solidaridad) mi prima necesita un hombre que la atienda por un buen rato, porque el humor lo cambia como de bombacha -tal vez más seguido- y la cara de culo se le adhiere y toma color instantáneamente como la sopa Quick cada vez que alguna situación o comentario desacertado llega a su oído. Ejemplo vivo de eso fue cuando el chico que ella quería que la sacara a bailar, comentándonos a todas que estaba muy lindo mientras no cesaba con el contacto visual y el baile sugestivo. En eso el chabon se acerca y camina hacia nuestro grupito acercándose medio como bailando con pose de macho men (vaso trago largo con líquido amarillento y dos hielos en la mano, pelo con gel, cara de “sí, vos sos la afortunada” y al mismo tiempo haciéndose el dolobu para hacer como que no pasó nada si lo rechazás). Mi prima, a poco de hacerse pis encima, se da vuelta como para hacerse la sorprendida cuando la sacaran a bailar.
Sorprendida quedó, sí; ella, yo, mi hermana, y las demás chicas. Porque cuando me agarró a mí para bailar, no sabía de qué disfrazarme. Fue un NO de esos rotundos que dañan el ego, vale aclarar, más por costumbre a rechazar a ese tipo de chabones que porque no me gustara del todo, porque tenía su onda pero igual, ya la había cagado.
Sorprendida quedó, sí; ella, yo, mi hermana, y las demás chicas. Porque cuando me agarró a mí para bailar, no sabía de qué disfrazarme. Fue un NO de esos rotundos que dañan el ego, vale aclarar, más por costumbre a rechazar a ese tipo de chabones que porque no me gustara del todo, porque tenía su onda pero igual, ya la había cagado.
Después de eso, el contacto visual rozó lo nulo, y yo me inhibí un poco para volver a bailar. Hasta que bueno, jodimos, salimos afuera, el tema pasó y volvimos a ser seis locas revoleando los pelos al son de cualquier canción pegadiza que nos gustaba a todas. Incluso empezamos a joder con un borracho que no dejaba de bailar al estilo Neo de Matrix, revoleándose para los costados pero siempre con los pies en la tierra, por lo que la risa no tardó en apaciguar las cosas. Pero empezó a lloviznar y como yo no quería mojarme el pelo porque parezco Krusty el payaso si me viene el frizz, me fui apartando un poco. Mariana, una de las chicas, se estaba mandando mensajes con el novio. Belén que estaba con frío a un costado y no tenía muchas ganas de bailar después de tres horas, y Gaby que bueno… es Gaby, y eso implica la seriedad como estado general.
A los 15 minutos de estar descansando, Sole se levanta y al grito de “Nos vamos” ya nos veíamos venir que no sólo iba a ser la lluvia la que nos despeinara; también la otra tormentosa nos iba a romper soberanamente las pelotas. O los ovarios, en su defecto.
Cuando volvimos a desayunar (o sea, tomar café para evitar la hipotermia), hubo una seguidilla de comentarios para todas. Estábamos Gaby -mi hermana-, Sole -¿ya aclaré que ella es mi prima?- y yo, que estaba en trance entre el limbo, la cocina de la casa de mi tía y la tierra de los sueños. Y empezó la perorata.
Que Belén no le daba pelota, que se quería hacer la linda, que salía con cualquiera, que la madre la vigilaba con razón pero igualmente la vigilaba y la hija podía hacer lo que quisiera, que igual se hacía la modosita pero salía a bailar con los que la sacaban, y que la verdad, la próxima si no era porque era por compromiso: “no la invitaba del todo” (Lo pongo literal porque no entendí esa parte; ¿la iba a invitar de a pedazos?) Mariana, por su parte, todo el tiempo mandándose mensajitos con el novio, y era una falsa porque estaba amargada contestando el teléfono para después volver toda contenta, que de seguro era así con todo el mundo, que de seguro era así específicamente con ELLA, y que menos mal que sonreía al menos, porque para salir con ella y encima estar con cara de culo, sería el colmo. De Gaby la escuché decir poco y nada, sobretodo porque mi hermana es de pocas pulgas; simplemente que tenía menos onda que un renglón, que el ánimo le cambiaba como montaña rusa, y que no sabía para qué se había puesto esos zapatos tan altos si iba a estar todo el día sentada porque estaba cansada. ¿De mí? Las maravillas que habrá dicho. Ni me quiero imaginar lo que habrá pensado. Más aún cuando me acosté sin despotricar en contra de alguien, y haciéndome la dormida para no contestarle a esos comentarios venenosos al vicio como “Y lo más seguro es que Mariana se haya ido a garchar, seguro…” aguantándome las ganas de acotar con un certero “lo bien que te haría”. En cambio, tenía que llegar a casa temprano al otro día (antes de las doce) porque un tipo de la editorial me tenía que dejar unos libros; eso, naturalmente, la molestó y la puso de mal humor porque no había podido dormir “lo suficiente como para estar con onda”.
Que Belén no le daba pelota, que se quería hacer la linda, que salía con cualquiera, que la madre la vigilaba con razón pero igualmente la vigilaba y la hija podía hacer lo que quisiera, que igual se hacía la modosita pero salía a bailar con los que la sacaban, y que la verdad, la próxima si no era porque era por compromiso: “no la invitaba del todo” (Lo pongo literal porque no entendí esa parte; ¿la iba a invitar de a pedazos?) Mariana, por su parte, todo el tiempo mandándose mensajitos con el novio, y era una falsa porque estaba amargada contestando el teléfono para después volver toda contenta, que de seguro era así con todo el mundo, que de seguro era así específicamente con ELLA, y que menos mal que sonreía al menos, porque para salir con ella y encima estar con cara de culo, sería el colmo. De Gaby la escuché decir poco y nada, sobretodo porque mi hermana es de pocas pulgas; simplemente que tenía menos onda que un renglón, que el ánimo le cambiaba como montaña rusa, y que no sabía para qué se había puesto esos zapatos tan altos si iba a estar todo el día sentada porque estaba cansada. ¿De mí? Las maravillas que habrá dicho. Ni me quiero imaginar lo que habrá pensado. Más aún cuando me acosté sin despotricar en contra de alguien, y haciéndome la dormida para no contestarle a esos comentarios venenosos al vicio como “Y lo más seguro es que Mariana se haya ido a garchar, seguro…” aguantándome las ganas de acotar con un certero “lo bien que te haría”. En cambio, tenía que llegar a casa temprano al otro día (antes de las doce) porque un tipo de la editorial me tenía que dejar unos libros; eso, naturalmente, la molestó y la puso de mal humor porque no había podido dormir “lo suficiente como para estar con onda”.
Me la banqué histérica la mañana, hasta que mi hermana me cansó de dar más vueltas que una calesita para salir, mientras mi viejo me llamaba hasta por señales de humo, y yo que estaba con sueño, no daba más y obvio que me puse un poco pesada. Así que un pequeño comentario brusco de “¡¿Cuándo nos vamos?!” fue meritorio de sus resbaladizas contestaciones, y salí de la casa de mi prima en un primer intento sin daño aparente. Hasta que me doy cuenta que me olvidé el pañuelo. Y cuando vuelvo a salir con el cuello ya abrigado y una clara declaración de guerra, el cachetazo novelesco suena al son de “Y después la que me pongo idiota soy yo” me sorprende al punto de quedármela mirando preguntándome realmente si me había levantado efectivamente o era un sueño de mal gusto.
Creo que si hubiera sido serpiente, me moría al instante de tanto veneno acumulado que tuve que mantener mordiéndome mi propia lengua. Así que ahora sí puedo decir sin ningún tipo de moderación; No, Sole. No te pongas más idiota. Andá a algún centro de caridad y por favor, por el bien de la humanidad, pedí que te la pongan.
Creo que si hubiera sido serpiente, me moría al instante de tanto veneno acumulado que tuve que mantener mordiéndome mi propia lengua. Así que ahora sí puedo decir sin ningún tipo de moderación; No, Sole. No te pongas más idiota. Andá a algún centro de caridad y por favor, por el bien de la humanidad, pedí que te la pongan.
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