Abiertamente ya he dicho en algún momento que soy de Vélez (¡Vamos campeón!) y creo que va a notarse de vez en cuando, porque se me escapa. Ser neutral es algo que me conviene la mayoría de las veces y me cuesta cada una de ellas. Por eso, y siguiendo mi costumbre, no puedo callarme ahora, cuando todos hablan de ese tema tan varonil, de macho rudo, de hombres sudorosos arrancándose las camisetas entre sí; yo también voy a hablar de fútbol.
J. P. Varsky y Marcelo Gantman son los únicos hombres que me enseñaron que el fútbol es más complejo de lo que parece. A quien este deporte le disgusta, naturalmente va a decir la típica frase de veintidós pelotudos corriendo atrás de una pelota tratando de meterla en el arco contrario. Pero me pregunto yo, poniéndolo en un plano sexual bastante singular, ¿nunca vieron unos cuantos pelotudos todos atrás de la misma mina? Acá también podría aplicarse el hecho de que la mina sea algo pelotuda, tomando como raíz “pelota”, pero eso ya es irse por las ramas, lo admito.
A raíz de esto, nadie debería venir a contradecir si digo que en cuanto una chica muy… paqueta, digamos, se presente como el “premio” a una disputa en la que cualquier apto a la conquista puede participar, no hay dudas de que es una competencia de quién es el más vivo, el que gambetea más, el que más la maneja para meterla -la pelota-, pasando por alto el hecho de si el tipo es el más galán o encantador de todos ellos.
Es una cuestión de conquista, de talento y carisma, no sólo presentarse como un muñeco Ken a disponer del premio argumentando la lindura propia sin esbozar esfuerzo alguno. Aunque por supuesto con sus claras discrepancias, sin pasar por alto el típico “billetera mata galán” -desde Messi hasta Tinelli, por más cara de nabos que tengan, garpan de cualquier manera. Y siguiendo la lógica de mi comparación, puedo decir a mi favor que algunos muchos campeonatos se ganaron así, de esta manera, metiendo las manos en los bolsillos, guiñando un ojo y haciéndose el sota como Dios manda mientras te la mandaban a guardar despacito y bien adentro.
La suerte del fútbol es un término irrefrenable, que va de la mano de las cábalas más crédulas y supersticiones que rozan en momentos lo ridículo. Poniendo un ejemplo concreto y tal vez demasiado personal, voy a contarles una anécdota que me hizo creer que ya estaba un poco más perseguida de la cuenta en esto del campeonato y las connotaciones de los actos propios a las consecuencias en los resultados futbolísticos.
La persona con la cual estoy saliendo es de River, y yo de Vélez, como ya mencioné en un principio. A fines de abril estaban enfrentándose estos mismos equipos en una lucha de mínimos puntos por mantener la punta (Vélez) y arrebatarla (River). Habían pospuesto el partido contra San Lorenzo por el episodio lamentable en que murió un hincha cerca del Amalfinati, y por eso había una desventaja de puntos de nuestra parte. Estaba nerviosa, siempre estoy nerviosa, y los conflictos futbolísticos me dan una buena razón por la cual argumentar mi dramatismo.
Por esas fechas, recuerdo que nos vimos con este señor en cuestión, y habíamos tenido un par de charlas previas algo… sugerentes. El resultado de esto fue descubrir que una de sus intenciones era probar, por primera vez de mi parte, la sodomización. O sexo anal, como dicen los que no saben cómo decirlo. En el momento, tal vez, la cuestión futbolística pasó desapercibida. Probamos, por supuesto; una de mis fallas es negarme con contundencia en cosas poco importantes y no en las relevantes, como estas. Pero el resultado fue un modesto intento encubierto con “solamente la puntita” que terminó conmigo sin poder aguantarme un par de gritos y casi sollozando sobre el brazo de quien estaba casi tan abrumado como yo. Ojalá hubiera sido por lo mismo.
J. P. Varsky y Marcelo Gantman son los únicos hombres que me enseñaron que el fútbol es más complejo de lo que parece. A quien este deporte le disgusta, naturalmente va a decir la típica frase de veintidós pelotudos corriendo atrás de una pelota tratando de meterla en el arco contrario. Pero me pregunto yo, poniéndolo en un plano sexual bastante singular, ¿nunca vieron unos cuantos pelotudos todos atrás de la misma mina? Acá también podría aplicarse el hecho de que la mina sea algo pelotuda, tomando como raíz “pelota”, pero eso ya es irse por las ramas, lo admito.
A raíz de esto, nadie debería venir a contradecir si digo que en cuanto una chica muy… paqueta, digamos, se presente como el “premio” a una disputa en la que cualquier apto a la conquista puede participar, no hay dudas de que es una competencia de quién es el más vivo, el que gambetea más, el que más la maneja para meterla -la pelota-, pasando por alto el hecho de si el tipo es el más galán o encantador de todos ellos.
Es una cuestión de conquista, de talento y carisma, no sólo presentarse como un muñeco Ken a disponer del premio argumentando la lindura propia sin esbozar esfuerzo alguno. Aunque por supuesto con sus claras discrepancias, sin pasar por alto el típico “billetera mata galán” -desde Messi hasta Tinelli, por más cara de nabos que tengan, garpan de cualquier manera. Y siguiendo la lógica de mi comparación, puedo decir a mi favor que algunos muchos campeonatos se ganaron así, de esta manera, metiendo las manos en los bolsillos, guiñando un ojo y haciéndose el sota como Dios manda mientras te la mandaban a guardar despacito y bien adentro.
La suerte del fútbol es un término irrefrenable, que va de la mano de las cábalas más crédulas y supersticiones que rozan en momentos lo ridículo. Poniendo un ejemplo concreto y tal vez demasiado personal, voy a contarles una anécdota que me hizo creer que ya estaba un poco más perseguida de la cuenta en esto del campeonato y las connotaciones de los actos propios a las consecuencias en los resultados futbolísticos.
La persona con la cual estoy saliendo es de River, y yo de Vélez, como ya mencioné en un principio. A fines de abril estaban enfrentándose estos mismos equipos en una lucha de mínimos puntos por mantener la punta (Vélez) y arrebatarla (River). Habían pospuesto el partido contra San Lorenzo por el episodio lamentable en que murió un hincha cerca del Amalfinati, y por eso había una desventaja de puntos de nuestra parte. Estaba nerviosa, siempre estoy nerviosa, y los conflictos futbolísticos me dan una buena razón por la cual argumentar mi dramatismo.
Por esas fechas, recuerdo que nos vimos con este señor en cuestión, y habíamos tenido un par de charlas previas algo… sugerentes. El resultado de esto fue descubrir que una de sus intenciones era probar, por primera vez de mi parte, la sodomización. O sexo anal, como dicen los que no saben cómo decirlo. En el momento, tal vez, la cuestión futbolística pasó desapercibida. Probamos, por supuesto; una de mis fallas es negarme con contundencia en cosas poco importantes y no en las relevantes, como estas. Pero el resultado fue un modesto intento encubierto con “solamente la puntita” que terminó conmigo sin poder aguantarme un par de gritos y casi sollozando sobre el brazo de quien estaba casi tan abrumado como yo. Ojalá hubiera sido por lo mismo.
¿A qué viene esta declaración tan escabrosa? Cuando perdimos con Quilmes, el último de la tabla en ese momento, lo quise matar. A él y a mí. Lo odié, perjuré que en mi vida iba a volver a tocarme (en vano, lo admito), y por sobre todas las cosas dejaría de tener sexo anal con él hasta que terminara el torneo, al menos. Sentía -exageradamente, por supuesto- que todo ese estadio sufría porque yo había dejado que me hicieran individualmente lo que nos habían hecho a todos. Lo maldije porque River quedaba en la punta, y River literalmente nos rompía el culo. Nunca mejor dicho.
Ahora claro, las cosas cambiaron mucho. River juega la promoción de la mano de Belgrano y casi medio país está bramándose con esto que es un festín para los ojos. Pongámonos de acuerdo que está todo servido en bandeja de plata, porque no pueden tener tanta mala leche para irse a la promoción justo al pie del día de la bandera. Tanto sea de la parte cínica, como esa mucha gente que lo siente, o quienes vienen con malas intenciones o simplemente aquellos que analizan la situación del fútbol fríamente y sin tomar partido; todos se dieron su lugar para opinar, o lo comentaron con alguien en algo tan masivo como Twitter o simple y arcaico como un encuentro en una esquina.
Mi papá es de River y el otro día no encontraba un trapo seco para algo que se le había caído en el piso. Agarró una toalla vieja y roída, de un rojo desteñido que era de mi hermano y la tiró sin dudar. Cuando el escudo de River quedó del lado de arriba, con él pisándola para secar el piso, no me aguanté a mirarlo escépticamente, a lo que recibí como respuesta “Y bue… no me digas que no se lo merece por lo que estan dejándose hacer”.
Un amigo mío está perdidamente obsesionado con Independiente, y cada día antes de jugar un partido, escucha el cuento “Independiente, mi viejo y yo” de Eduardo Sacheri. Usa siempre la misma ropa para ver los encuentros, y nunca cambia de lugar en su casa para ver los partidos. Ni hablar de levantarse durante el juego; si la vejiga tiene que explotarse, explotará pero en su lugar. Por eso, no me extrañaría que si llegara a ganar o a ver un gol de extraordinario porte, a ese sentimiento que es tan parecido a un orgasmo colectivo le dedique uno en singular esa misma noche, o al término del partido.
El fútbol está en la cotidianeidad. En lo circunstancial y lo absoluto. El sexo también. El fútbol mueve masas, realmente lo hace. Rompe canchas, desgarra gargantas, arrebata vidas y corazones. No nos vamos a meter ahora a ver quién tiene razón o no, porque eso es lo que le quita la pasión que este deporte merece. El fútbol es amor y locura, es apasionante. Por eso no me extraña que los mismos nervios que me dan antes de tener sexo, me den también cuando estoy entrando a la cancha.
Ahora claro, las cosas cambiaron mucho. River juega la promoción de la mano de Belgrano y casi medio país está bramándose con esto que es un festín para los ojos. Pongámonos de acuerdo que está todo servido en bandeja de plata, porque no pueden tener tanta mala leche para irse a la promoción justo al pie del día de la bandera. Tanto sea de la parte cínica, como esa mucha gente que lo siente, o quienes vienen con malas intenciones o simplemente aquellos que analizan la situación del fútbol fríamente y sin tomar partido; todos se dieron su lugar para opinar, o lo comentaron con alguien en algo tan masivo como Twitter o simple y arcaico como un encuentro en una esquina.
Mi papá es de River y el otro día no encontraba un trapo seco para algo que se le había caído en el piso. Agarró una toalla vieja y roída, de un rojo desteñido que era de mi hermano y la tiró sin dudar. Cuando el escudo de River quedó del lado de arriba, con él pisándola para secar el piso, no me aguanté a mirarlo escépticamente, a lo que recibí como respuesta “Y bue… no me digas que no se lo merece por lo que estan dejándose hacer”.
Un amigo mío está perdidamente obsesionado con Independiente, y cada día antes de jugar un partido, escucha el cuento “Independiente, mi viejo y yo” de Eduardo Sacheri. Usa siempre la misma ropa para ver los encuentros, y nunca cambia de lugar en su casa para ver los partidos. Ni hablar de levantarse durante el juego; si la vejiga tiene que explotarse, explotará pero en su lugar. Por eso, no me extrañaría que si llegara a ganar o a ver un gol de extraordinario porte, a ese sentimiento que es tan parecido a un orgasmo colectivo le dedique uno en singular esa misma noche, o al término del partido.
El fútbol está en la cotidianeidad. En lo circunstancial y lo absoluto. El sexo también. El fútbol mueve masas, realmente lo hace. Rompe canchas, desgarra gargantas, arrebata vidas y corazones. No nos vamos a meter ahora a ver quién tiene razón o no, porque eso es lo que le quita la pasión que este deporte merece. El fútbol es amor y locura, es apasionante. Por eso no me extraña que los mismos nervios que me dan antes de tener sexo, me den también cuando estoy entrando a la cancha.
me encantó!!!!!!!!! jaja muy buena!!
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