martes, 12 de julio de 2011

Me la veía venir

Recién llegué a la oficina -la cornuda de mi jefa obviamente no está-, apenas vuelvo del recorrido de la quincena. Lo bueno de esto es que me ato a la radio y laburo como movida por la inercia. Mis pies ya se acostumbraron al recorrido, saben bien donde ir y no necesito prestar mucha atención, simplemente viajo.
En colectivos llenos en los que el chofer me hace señal de que entre por la puerta del medio, en otros que apenas tienen dos o tres personas mirando autistas por la ventana. Esa ciudad que se mueve afuera y nosotros estáticos, quietos, moviéndonos sin poder parar. Viajo en el subte, y amo el subte. La multitud abochornada en vagones rojos, sino vagones viejos que te piden ayuda para abrir las puertas, o vagones que del ruido exasperante que hacen no me dejan más opción que escuchar sus quejidos y dejar el entretenimiento de la radio en la boca de la calle.

Pero claro, siempre hay un desubicado que te interrumpe. Todo, absolutamente todo. Uno que te dice lo lindo que está el día , y te quiere iniciar charla y yo soy chotísima para iniciar charla, sobretodo estando bajo tierra, que arriba puede haber empezado la lluvia ácida y ni enterados. O sino te toca otro ridículo que está sentado en el mismo vagón que vos, en frente, y le sentís la mirada fija pero no estás prestando atención. Hasta que te das cuenta que de las cinco personas chotas que están en ese vagón, el infelíz que estaba sentado enfrente y ahora se sentó al lado tuyo sonriéndote, es tu ex.

- ¿No me pensabas saludar?
- Estaba distraída, hola Jonathan.
- ¿También estabas distraída cuando me eliminaste del facebook?

El recuerdo tan estúpido e inmediato me hizo sonreír. Si alguien tiene la respuesta a cómo puede darle tanta importancia a algo tan idiota, tiene entonces la respuesta de por qué lo dejé hace un par de años. Una vieja subió al vagón, se sentó en frente de nosotros y sonreía como mirando a la juventud enamorada. Yo tratando de no correrme del lugar, y él acercándose sin escrúpulos, así como es él.

- No, eso lo hice conciente. Además te hacías el pelotudo en frente de tu novia, si querés usar a alguien para darle celos yo no soy buena opción, hay mil mejores.
- Pasa que nosotros dos tenemos algo pendiente, vos siempre venías conmigo y terminábamos en casa, solos, tirados en el sofá... ¿te acordás?
- Sí, también nos interrumpía tu hermanito y subía las escaleras gritando que nos estábamos besando. No me hagas acordar.
- No, no hablo de eso, malpensada. -la fingida inocencia lo hace ver más mina que yo- Decía de cómo hablábamos, siempre me contabas tus cosas, cómo estabas, qué hacías, qué te pasaba. Yo sé que terminamos pero... podés seguir contándome igual. - Y el atisbo de luz en su proposición (o debe ser que me siento más sola que un perro) me hizo pensar en que sí, antes generalmente le contaba mis cosas y decantaba mucho de lo que sentía en él - Y bueno... ya que estamos en el sofá, podrías devolverme el favor. - se acerca, la vieja nos mira pensando que nos vamos a dar un beso - Por ejemplo, podrías dejarme que te toque un rato esas tetas que me encantan -

Yo me la veía venir, pero a la vieja se le hizo añicos la película romántica. Me levanté y ni sé si me escuchó cuando le dije que tenía que bajarme. Eran tres estaciones antes de la mía, pero no esperé al próximo tren. Salí a caminar afuera, el día estaba perfecto, y la gente corriendo para todos lados me hacía pensar, revolver un poco y acordarme qué había hecho para haberme vuelto tan egoísta y no buscar ni una sola persona en la cual hacer catarsis. O dejarme tocar las tetas. Y un par de cuadras antes de llegar a la oficina, me di cuenta. Pero ya era tarde para contestárselo a él.

Para eso me hice un blog, pelotudo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario