Eso de que no hay boliche el día anterior a las elecciones, es una patraña grande como una casa, primero. Pero claro, eso no quita que si te levantás al otro día a las dos de la tarde y pretendés ir a votar antes del quilombo estás soñando mucho más que cuando mantenías los ojos cerrados.
Pero vas, esperanzada de encontrar una fila, un buen par de mesas, y el quilombo de siempre. El habitual, el apropiado, al que ya estamos acostumbrados. Por supuesto, terminás encontrándote con algo peor.
Llaman por mesa, en una homogeneidad de gente insatisfecha porque quieren entrar, votar, salir, que les den un chocolate, un beso y los arropen para dormir. Dejate de joder. Un mínimo de paciencia tienen que tener. La vieja de al lado mio, de esas de barrio con rulos nunca peinados y una tintura muy mal hecha, es la primera que salta a decir "hace una hora que estamos acá" cuando yo no hacía ni media hora que había estado, y ella había llegado a la par mía. Después, el típico. No le vi la cara porque la altura no me ayuda mucho en los amontonamientos, verán, pero tenía voz de viejo. De esos que si es remisero o tachero, le rogás a Dios que no te toque, y cuando inevitablemente ya estás arriba del auto, esperás con tortuosa paciencia el momento que te largue el "¿Y vos tenés novio? - ¿Y por qué una chica tan bonita como vos no tiene novio?". Pero ahí, en otro capítulo de la serie Viejo Verde, lo tenemos a grito limpio, reclamando como si fuera pedido a la carta al fiscal de mesa, al presidente del comicio, a la directora de la escuela y si están los pendejos que vengan también así armamos más quilombo.
Adentro me cazé los auriculares de una, olvidate. No lo hice afuera porque tenía que esperar a que gritaran mi mesa desde la puerta de la escuela a ver si en una de esas cazaba el número en el aire y trataba de empujar gente a lo Guardaespaldas para poder entrar a unos pasillos de meros dos metros, a buscar las filas que se mezclaban unas con otras por la cantidad de mesas, ¿Suena divertido, verdad?
Cuando yo era chica, la primera vez que entré a un cuarto oscuro fue a los siete años, con mi abuela. Me llevó, tranquila, y me mostró todo rapidito, porque se había que tardar el tiempo que uno necesitaba, siempre teniendo en cuenta a la gente de afuera. Y quería votar, quería tener yo también un sobrecito.
La segunda vez que debí de entrar, no pude; no estaba en los padrones a tiempo. Mientras todos me decían "qué suerte, no tenés que ir" yo no sabía si decirles que en realidad el no haber podido votar por primera vez cuando hubiera debido, para mí era una pena. Tal vez la gente ya no tiene ganas. Antes nos quejábamos de los gobiernos puestos por otros gobiernos, de facto o infinitamente corruptos, y ahora cuando uno se salva de votar andamos envidiándole la suerte. Nunca sentimiento más argento.
Llegando ya a que me tocara mi turno, un par de personas más adelante se pusieron a discutir. Ni me alcanzan las palabras para describir a la vieja de cuarenta años, maquillada con pinturitas rosa fantasía de Barbie y con pinta de tener más manoseo que una puerta, que se quejó porque dejaban pasar primero a una mujer embarazada, y un padre con su bebé a upa. Argumentando su exigencia, claro, a que había estado hacía dos horas, que era la segunda vez que venía y siempre "algo le metían en medio para tardar más".
Digo yo, ¿desde cuándo nos volvimos tan arcaicos, tan básicos? Uno tiene que gritar cuando no lo escuchan, para hacerse escuchar, no tiene que elevar el tono para tapar el del otro. No quiero ser un cero a la izquierda, por supuesto, y cuando tenga que hacer oir mi voz, lo haré con ahínco y ganas, pero no así. Nunca me gustó la desorganización en lo que a uno le corresponde, las cosas hechas al boleo. Sí, había notoriamente un mal plan desde la puesta, pero con los gritos no hacemos nada. Mejor hubiera sido organizar, preguntar, amoldarse al número de mesa, dejar libre el espacio para mostrar los padrones... Son cosas básicas, naturalmente humanas. No seamos bestias, por favor, la revolución se arma desde otro lado, desde la puesta de ideas, desde la demostración de ser superiores al no entregarnos a la movida bruta. No volvamos a la civilización y barbarie de Sarmiento, que supo hacer sentir tan torpes a los ingeniosos, e inteligentes a los que siempre fueron desacatados.
domingo, 14 de agosto de 2011
martes, 2 de agosto de 2011
Al servicio de la comunidad
Vos pensá. Si yo voy a hacerte una pregunta, me salteo por error muy erróneo y circunstancial el "hola" que antecede a la inquisición, ¿pensás que lo hago a propósito?
No me acuerdo qué dice en la insignia de policía. Podría decirte con qué pie pisó Neil Amstrong la luna, podría decirte todas las óperas del Colón del 2005, puedo decirte qué color va bien con el tono de tu piel, e incluso qué tipo de cuello podés usar para que te resalte la forma de la cara. Pero si te estoy pidiendo una indicación, con mi voz fingida más dulce, con la cara de mosquita muerta más placentera del mundo, con mi expresión de perdida brotándome por los lagrimales... entonces sé bueno. Hacé esa porquería que dice en tu placa, eso de que estás para la comunidad y, uh, mirá vos, ya que soy parte de esos ciudadanos para los cuales estás presente velando por nosotros, decime cuál es la bendita salida que me deja en la plaza Miserere, porque encima de que el amarillo me atrofia y siempre me jodió a la vista porque detesto ese color, y es justo el que le faltaba a la mezcolanza de colores del subte. Además, al parecer es el color preferido de Macri, no sé. Y la verdad si me preguntás, yo detesto ir a Once porque aunque hay aros baratos y adoro los aros, también hay pajeros por doquier, y yo estoy con un taco a punto de romperse y la carpeta con los papeles tratando de esquivar a la multitud. Sí, igual, perdoname, ya sé que vos no tenés la culpa. La verdad es que yo vengo con la mejor onda, entendeme. Pero si te digo "Disculpame, te puedo hacer una pregunta" En vez de "Hola, te puedo hacer una pregunta" no me trates como irrespetuosa, porque un error lo tiene cualquiera. Además no sé si me estaba boludeando el tipo, o qué, todavía no lo distinguí del todo.
La cosa es que yo quería bajarme en la plaza, por eso le pedí ayuda. Aunque, bueno, la explicación fue la más pedorra del mundo. Para colmo encima me hizo sentir mal con respecto a que pareciera grosera, cosa que me terminó de amargar. Pero pensémoslo así; con la bronca que tenía después del nulo consejo -sí, me fui para cualquier lado, sé que me vio, y seguramente quedé como boluda total-, me habré llevado algún que otro carterazo por delante mientras cruzaba la avenida, con el tumulto de gente que justamente quería evitar, pero bueno, no importa. Sé que después de todo no soy una irrespetuosa, sino que el tipo es un imberbe deleznable, y que desde ahora cuando salga de Pueyrredon tengo que irme a la derecha, no a la izquierda.
Inevitablemente, de los errores se aprende. De la gente deplorable también.
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