domingo, 14 de agosto de 2011

Organizadamente quilomberos

Eso de que no hay boliche el día anterior a las elecciones, es una patraña grande como una casa, primero. Pero claro, eso no quita que si te levantás al otro día a las dos de la tarde y pretendés ir a votar antes del quilombo estás soñando mucho más que cuando mantenías los ojos cerrados.

Pero vas, esperanzada de encontrar una fila, un buen par de mesas, y el quilombo de siempre. El habitual, el apropiado, al que ya estamos acostumbrados. Por supuesto, terminás encontrándote con algo peor.
Llaman por mesa, en una homogeneidad de gente insatisfecha porque quieren entrar, votar, salir, que les den un chocolate, un beso y los arropen para dormir. Dejate de joder. Un mínimo de paciencia tienen que tener. La vieja de al lado mio, de esas de barrio con rulos nunca peinados y una tintura muy mal hecha, es la primera que salta a decir "hace una hora que estamos acá" cuando yo no hacía ni media hora que había estado, y ella había llegado a la par mía. Después, el típico. No le vi la cara porque la altura no me ayuda mucho en los amontonamientos, verán, pero tenía voz de viejo. De esos que si es remisero o tachero, le rogás a Dios que no te toque, y cuando inevitablemente ya estás arriba del auto, esperás con tortuosa paciencia el momento que te largue el "¿Y vos tenés novio? - ¿Y por qué una chica tan bonita como vos no tiene novio?". Pero ahí, en otro capítulo de la serie Viejo Verde, lo tenemos a grito limpio, reclamando como si fuera pedido a la carta al fiscal de mesa, al presidente del comicio, a la directora de la escuela y si están los pendejos que vengan también así armamos más quilombo.

Adentro me cazé los auriculares de una, olvidate. No lo hice afuera porque tenía que esperar a que gritaran mi mesa desde la puerta de la escuela a ver si en una de esas cazaba el número en el aire y trataba de empujar gente a lo Guardaespaldas para poder entrar a unos pasillos de meros dos metros, a buscar las filas que se mezclaban unas con otras por la cantidad de mesas, ¿Suena divertido, verdad?

Cuando yo era chica, la primera vez que entré a un cuarto oscuro fue a los siete años, con mi abuela. Me llevó, tranquila, y me mostró todo rapidito, porque se había que tardar el tiempo que uno necesitaba, siempre teniendo en cuenta a la gente de afuera. Y quería votar, quería tener yo también un sobrecito.
La segunda vez que debí de entrar, no pude; no estaba en los padrones a tiempo. Mientras todos me decían "qué suerte, no tenés que ir" yo no sabía si decirles que en realidad el no haber podido votar por primera vez cuando hubiera debido, para mí era una pena. Tal vez la gente ya no tiene ganas. Antes nos quejábamos de los gobiernos puestos por otros gobiernos, de facto o infinitamente corruptos, y ahora cuando uno se salva de votar andamos envidiándole la suerte. Nunca sentimiento más argento.

Llegando ya a que me tocara mi turno, un par de personas más adelante se pusieron a discutir. Ni me alcanzan las palabras para describir a la vieja de cuarenta años, maquillada con pinturitas rosa fantasía de Barbie y con pinta de tener más manoseo que una puerta, que se quejó porque dejaban pasar primero a una mujer embarazada, y un padre con su bebé a upa. Argumentando su exigencia, claro, a que había estado hacía dos horas, que era la segunda vez que venía y siempre "algo le metían en medio para tardar más".

Digo yo, ¿desde cuándo nos volvimos tan arcaicos, tan básicos? Uno tiene que gritar cuando no lo escuchan, para hacerse escuchar, no tiene que elevar el tono para tapar el del otro. No quiero ser un cero a la izquierda, por supuesto, y cuando tenga que hacer oir mi voz, lo haré con ahínco y ganas, pero no así. Nunca me gustó la desorganización en lo que a uno le corresponde, las cosas hechas al boleo. Sí, había notoriamente un mal plan desde la puesta, pero con los gritos no hacemos nada. Mejor hubiera sido organizar, preguntar, amoldarse al número de mesa, dejar libre el espacio para mostrar los padrones... Son cosas básicas, naturalmente humanas. No seamos bestias, por favor, la revolución se arma desde otro lado, desde la puesta de ideas, desde la demostración de ser superiores al no entregarnos a la movida bruta. No volvamos a la civilización y barbarie de Sarmiento, que supo hacer sentir tan torpes a los ingeniosos, e inteligentes a los que siempre fueron desacatados.

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