lunes, 23 de mayo de 2011

El cuaderno de Eli

La enorme exposición que dejo acá es algo que me hace pensar muchas veces antes de dejar algo, sépanlo. Por eso me freno yo sola buscándole las palabras justas o la debida forma de decir algo para no quedar tan tarada.
Encontré algo que no tengo ganas de cambiar, y me dije que era buen ejercicio para ir haciéndose a la idea de a poquito del patetismo y el bochorno.

Hace años me gustaba una chica. Así, tranqui, ni que me volviera loca. Era una amiga que en poco tiempo se instaló en mi vida dejando así, primero el cepillo de dientes, y después las pantuflas y el pijama sobre la cama. Ella era consiente de lo que iba a provocar en mi tarde o temprano, pero nunca llegamos a nada. Ni siquiera un beso, porque había un factor enorme que nos diferenciaba. La distancia. Ella era de Santa Fe y yo siempre porteña. Viajaba para arreglar algunos asuntos sobre una propiedad que tenían acá en su familia y querían vender, acompañando a su abuela. La conocí de casualidad, de puro pedo más bien, porque fue la única persona de la cual acepté sentarme en una cafetería porque las dos estábamos solas.

Después se fue, se llamaba Elizabeth. Creo. Por ahi se llamaba Elisa y me dejaba que le dijera Eli o Elizabeth porque Elisa me parece horrible y se lo dije apenas me dijo con voz tranquila cuál era su sobrenombre.
Una vez, después de dormir una noche con ella, escribí algo improvisando lo que había sentido la noche anterior. Procuré que no lo leyera, aunque de seguro no hubiera dudado en regalarme una de esas sonrisas inigualables de comprensión y comicidad que me mostraba cada vez que proponía alguna pelotudes. Como viajar medio sábado en el subte sin parar y sin destino, solamente porque tenía ganas. Hoy encontré el cuaderno, se me cayó en la cabeza mientras bajaba unas cajas del armario viejo, como augurio de que lo que había adentro era malsano a mi mentalidad. Y no lo leí muy atentamente porque sé que voy a arrepentirme de dejarlo aca, entonces. Más fácil, leámoslo juntos.

- Correte un poco a la derecha.

Lo digo como esos pintores antiguos, como si estuviera examinándola con una paciencia pulcra y un ojo exacto en ella y sus formas.

- Corré un poco la cara al costado, así.

Ella mueve el rostro para quedar en un punto medio. Ni de perfil, ni de frente. El mechón de pelo que le cae sobre la cara es el determinante en esa imagen; lo acomodo lento, casi con recelo, tratando de que luzca lo más natural posible.
Es inevitable sonreírme cuando termino mi obra maestra. Realmente, aquella pose debería de usarla siempre. O por ahí sería mejor que sólo lo haga cuando duerme conmigo. Sí, eso estaría mucho mejor.

Hay una forma sutilmente encantadora que roza lo etéreo en el modo en que la luz impacta en su cara. Los hombros explícitamente invitan al cortejo entre esa piel y la aspereza de mis propios labios ya un poquito hinchados. Me relamo como si pudiera verme tratando de tentarla, le sonrío y me sonrojo. Pero en vez de acercarme y de una vez por todas besarla, simplemente puedo suspirar, dándole vida a una bocanada que hace eco entre la luz azulada que entra por la ventana, y esa persona acostada de espaldas al lado mio.

E inevitablemente, me siento feliz.

Pero de esa felicidad momentáneamente eterna. Que va a durar segundos pero cada uno de ellos va a parecer más vivo e inmortal que el otro. Y no es como lo contento que te pone una buena noticia, o un momento en el que estas bien; Parece que estás feliz como un artista que tiene la oportunidad de ver a Picasso, como un escritor que lee a Cortazar o de la misma manera que un pirómano se maravilla absorto al contemplar las llamas. Orgulloso de su obra, de su auge, de aquello que lo hace vivir y elegir siempre el mismo camino, ser como es. Vale apasionarse por eso que, a sus ojos, es la belleza en su expresión más intensa e inocente.

Así me siento yo. Sobretodo cuando hay un mechón de pelo que no termina de decidirse si caer sobre su pecho o dejarse tentar a lo infinito de la espalda. Y lo intento, pero no demasiado empeñada en frenarme, porque no tarda mucho en hacerse un problema mayúsculo y obviamente como cualquier mancha pequeña, esa inexactitud en mi cuadro perfecto me quita la concentración.

Empiezo a calentarme las manos frotándomelas contra mi aliento, pensando en la posibilidad de tocarla con los dedos fríos. Y cuando estoy a punto de terminar otra vez mi cuadro perfecto, ella es la que respira toscamente, removiéndose en el lugar. Pero cuando vuelvo a mirarla, ese mechón infame y corrupto sigue ahí.
Y no aguanto más.
- Podés dejarme dormir en paz, ¿qué es lo que te pasa?
- Perdón, perdón.

La voz de ella llega a mantener la fantasía y el clima del momento, pero la mía finalmente acabó por romperlo todo. Y para colmo, se mueve. Sin nada de consideración, se retuerce y con ella se va la silueta de la luz que entraba por la ventana y daba justo sobre su hombro, se esfuma la divina conjunción del pelo entre los pechos, y la piel se vuelve más nocturna, más oculta entre las sombras de lo que tenía pensado en mi mente.

Es mucho, muchísimo mejor. Hay una manera en que le quedó la boca que siento desde bajo el vientre que literalmente, muero de ganas por besar. Me cosquillean las manos por las ganas de tocarla, agradeciendo la súbita sensación agradablemente cálida que empieza a correrme en la sangre. Se dio vuelta para mirarme con los ojos cerrados, seguramente, haciéndome sentir insegura siempre frente a ella y a la vez me derrita mirando como el flequillo le juega con las pestañas. 

Me doy cuenta que es inevitable.  La rebeldía mezclada con encanto que yo quiero fabricarle y ella tiene brotándole como sudor en la piel. No voy a poder cambiar nunca a mi antojo lo que es su estado natural. Y eso, justamente eso es lo mejor de todo. Lo que de ella me gusta tanto.

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