Hoy fui a Jumbo. Me gusta ir a Jumbo, porque es grande, hay una cierta cantidad de gente pero no la suficiente como para que te rompa demasiado las pelotas tanta sociedad consumiendo siempre lo mismo. Paseo un rato, voy, veo las millonadas de boludeces que nunca voy a comprar y disfruto mirando a ese hombre solitario en el patio de comidas leyendo el diario entre amas de casa desesperadas y empleados corriendo de acá para allá con cafés y facturas. Lo que más me gusta son los nenes, porque hay pocos y no son generalmente de esos que se encaprichan con cualquier cosa. Se encaprichan con lo más caro, y el tiempo en el cual insisten es espantosamente corto como para ser considerado berrinche en sí, porque los padres generalmente les compran aquella pelota, esa caja de cereales que se vende por hojuela, o ese oso que seguramente va a ir a parar a la colección de la nena al costado de la cama.
Compré bastante más de las diez o quince cositas que pensé que iba a llevar, y decidí que mejor iba a dejarlas para que me las mandaran a domicilio.
Después del trámite correspondiente, voy a la puerta y salgo caminando tranquila abajo del sol, que resguardaba un poco con lo que le quedaba de fuerza a todas las personas que bajo la sombra sufrían demasiado el frío. Y por no molestar a mi papá, por no llamarlo y decirle "terminé las compras, vení a buscarme", por no comportarme como esos nenes caprichosos de antes que les gustaba todo y no se conformaban con nada aunque sus padres se lo compraran, me fui sola. Total, era tomar un colectivo y me dejaba a dos cuadras de casa.
En la parada no esperé nada, llegué dos minutos antes de que viniera el colectivo. Las monedas eran justas, una de un peso y una de diez centavos. El colectivero era de esos copados, que te saludan con la resaca de tener que laburar un sábado pero te sonríen de cualquier manera. Había poca gente, la mayoría viejitos y gente tranqui. Me fui a sentar sola, pero el asiento quedaba a la sombra. Me fui a sentar atrás, con un solo tipo, grandote, bastante lindo, que me dejó el lugar más a la esquina -el más iluminado por el sol- porque advirtió mi búsqueda mientras caminaba. Estoy casi, casi segura de que me miró el culo cuando me sentaba. Tenía un bolso, y estaba vestido con un sweater verde musgo que ya a primera vista me encantaba.Cuando encendió algún reproductor que no vi, me gustó que se escuchara desde mi lugar -lejos pero no tanto-, demostrando su gusto por las cosas intensas, fuertes, que hagan mal pero que se sientan. Me quedé pensando que tenía buen gusto musical aparentemente, y que si pudiera mirarlo de reojo sin parecer tarada entrecerrando los ojos por el reflejo del sol, le pediría el teléfono en algún otro universo hipotético; gracias a algún empujón imaginario de valentía que mi personaje en aquel mundo pudiera tener.
Estaba a dos cuadras de la parada de mi casa, traté de levantarme con la galanura digna de una dama inglesa, pero el colectivo frenó porque algún idiota metió la trompa del auto en la esquina. El empujón del destino fue inmediato. Me caí sentada, para atrás, obvio, y casi encima la pierna del tipo. Tardé una milésima de segundo en hacer sinapsis sobre lo más importante aún de la cuestión; estaba apoyándome con la mano firme y la palma totalmente abierta sobre la entrepierna del señor. A partir de ahí fue automático.
Me levanté de un salto, con la sonrisa bochornosa delatándome desde las mejillas; el tipo aceptó mis nerviosas disculpas al tiempo que yo tocaba el timbre para bajar lo antes posible de aquella situación y no largarme a reír en ese mismo lugar. Me miró a los ojos, enormes porque no dejaba atrás la sorpresa, y me habló en voz bajita. "Si hubiera tenido un empujón más de valentía, te hubiera pedido el teléfono" dando por recuerdo del pasado el momento en el que estábamos. Me sonrió y yo no podía mirarlo a la cara. Cuando bajé me di vuelta instintivamente, y me guiñó el ojo. Le sonreí. Y sin ningún afán de esquivarlo, se dejó tirar por el instinto y me miró el culo.
Sin más disculpa disponible más que la visual, tengo que admitir que contoneé un poco de más las caderas mientras el colectivo pasaba y se perdía hacia atrás.
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