Haciéndome la sexy (mi autoestima no me permite considerarme de este modo en absoluto) me acosté en la cama. Estaba pasada de lamidas, extasiada en el pensamiento de lo que avecinaba, regodeándome entre las sábanas como vaticinándoles que pronto estarían muy arrugadas. Él se acerca, como siempre concentrado en su tarea porque para desconsuelo de ambos el tiempo no nos sobraba. Cada minuto era preciso para completar no sólo el turno del telo, sino una fantasía que se venía formando entre los dos durante semanas.
- ¿Qué querés hacer?- le pregunto adoptando una voz suave, en un susurro con la cara medio escondida. Mi intención, como creo que lo hice, fue como rogando, o intentando igualar la clásica inocencia fingida del "¿qué pretende usted de mi?"; con la firme intención de regodearme en una burbuja de fantasía juguetona y acolchonada que estaba a punto de comenzar a llegar a su punto más interesante.
- Primero quiero entrar.
La respuesta fue técnica, sincera, súmamente concentrada -nadie puede decir lo contrario- Pero supe que no había entendido el punto, mi encantadora intención derribada por el tsunami de una necesidad urgente, arrasando a su paso todo el deseo sugestivo. Me callé y seguí como si nada. Mejor suerte la próxima, pensé mientras gemía suavemente, tratando de que al menos aquello saliera natural, con la intención que, supongo, debe tener.
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