miércoles, 27 de julio de 2011

Reemplazante

No podía abrir la mermelada. Estaba sentada con mi individual, la taza de café humeaba sobre la mesa, ya tenía azúcar, le había sacado la cuchara, pero me quería preparar una tostada antes. Las había sacado hace contados quince o veinte segundos, crocantes y doraditas, pero tuvieron que perder esa calidez mecánica de la tostadora, ¿por qué? porque no podía abrir la mermelada.

Todo este tema comienza con la ineptitud de mi padre. Si él evitara comerse mi mermelada de damasco light cuando yo salgo rápido a la oficina y la dejo en la mesa, entonces yo podría irme sin preocuparme porque, justamente, estoy segura que va a hacerlo. Y para peor, se dió un atracón con más de medio frasco de mermelada o se le habrá caído, no sé, el tema es que compró una nueva y hoy yo estaba sola. Bah, no sola. Estaba acompañada de una taza increíble de café, el hambre acumulado de horas de madrugada sin dormir, y con la radio bajita. Ni siquiera había aclarado del todo afuera, podía ver por los vidrios de la puerta.

Y yo ahí, peleando con un tarro insulso, en una pelea injusta porque yo tenía sueño, hambre y poca paciencia. Obvio que no había nadie en casa, y me llevo pésimo con mis vecinos, sino hubiera salido acudiendo a la ayuda del prójimo. Me importaba un carajo que medio mundo estuviera durmiendo, yo tenía hambre y quería comerme una tostada con manteca y dulce. Y ahí, sentada a la mesa, con la radio ya siendo un murmullo de fondo, y mientras me dolían las manos de tanto apretar, casi riéndome sola, me planteé una desgracia inminente, una conclusión espantosa y casi tan realista como innecesaria.

Necesitaba un hombre. No necesitaba ni un padre, ni un hermano, ni un vecino. Necesitaba inevitablemente un hombre, un macho argentino, con el torso desnudo que se paseara en boxer y ante el menor atisbo de mi peligro ante la escasez de mermelada, acuda como caballero a destapar aquel ínfimo paso que me separara a mí de cualquiera de mis insulsos cometidos. En este caso, de la mermelada. Y me quedé mal, sí, qué querés que le haga. No es que tenga que ver con que ayer haya visto al tipo que me está volviendo loca de tanto vuelteo que damos, no... el tema más bien es que todo a mi alrededor me indica "casate, laburá/estudiá, tené hijos, adaptate a la sociedad" - Be one of us, más o menos. Sé un zombie más de nuestra horda actual, andá a reservar entradas para el cine o quejate porque te vendieron un paquete de aceitunas vencido. Acostumbrate a lo de siempre. Comprate una mermelada sin tapa a rosca.

Y después de largo rato maquinándome la cabeza, me estaba poniendo mal, claro. Bajé la vista, ya empezando a rezongar por ser tan autosuficiente, por ser tan egoísta adrede, reprochándome aquel gusto arcaico que le encuentro al poder valerme sola, estar con un tipo cuando se me cante y después deleitarme con el placer de complacerme a mí misma, todo era un augurio de la depresión que iba a acarrear todo el día.

Pero agarré el cuchillo, ese suavecito sin punta, y forzé un chiquitín la rosca y como quien no quiere la cosa, la tapa se fue inflando despacito hasta hacer un click ínfimo, casi tanto como el que hice en mi cabeza. Sí, inevitablemente hay siempre reemplazos para el hombre. Tal vez no tenga a algún tipo adornándome la casa, bueno, pero valía el placer de disfrutar sola un par de tostadas con manteca y mermelada a la mañana, mientras amanecía, sin nadie que me jodiera con preguntas de dónde estaba el azúcar, o por qué había dejado la cama tan temprano.

Al fin y al cabo lo demás mucho no importa. Sino después compro un florero.

1 comentario:

  1. Lindo post Gurisa! Más lindo que casi cualquier hombre... mermeladas destapadas y llenas para vos!

    ResponderEliminar