martes, 10 de abril de 2012

Catarsis again

Vos sabés que yo tenía un día re re normal.Y ahí, mientras no me hablabas y yo pensaba como una pelotuda, ahí me vino la epifanía. Por qué había sido tan crédula todo el tiempo, pensando que te importaba en lo más mínimo algo de mi empatía, simpatía, apatía, o cualquier desvío mental que indicara alguna sensación minúscula cada vez que te veía.
Estaba tan preocupada, que boluda yo. Para qué, ahora me pregunto sola. Para qué quería tener tu aprecio, tu aprobación, tu mínima confianza... si siempre iba a ser lo mismo. De seguro tus viejos están bien porque se deben meter los cuernos y una de dos... o son cornudos consientes, o solamente tu viejo le mete los cuernos a tu vieja súper crédula con una veinteañera hace un buen par de años, porque es insostenible la vida chota que llevan, llena de fotitos juntos y viajecitos a provincia. Una buena cogida de alguien ajeno es lo único que sostiene un estilo de vida tan choto.
Y bueno, si, me calienta que no me hables. Que encima seas mi superior y yo tenga que acatar como tortuga cada trato de mosquita muerta que dirigís a mi persona religiosamente cada vez que nos cruzamos. Dejame de joder, tanta vida de porcelana se te tiene que hacer mierda en un momento. Hasta el menos puto a veces tienen ganas de que le metan el dedo en el culo. Por eso voy a decirte sinceramente que tengas lindas vacaciones. Te banqué todo el verano, te banqué estando sola y estando acompañada... vamos a tener un largo trecho con vos siendo mi nueva jefa, y la verdad la verdad, me rompería bastante las pelotas que ante mi intención de buena onda -con lo que me cuesta forzarme a serlo- vos no seas nada receptiva. Así que no te preocupes, aprendí con los que me jodieron la paciencia anteriormente al punto de casi querer cortármelas con una fiambrera, así, sí, en fetas. Así que te jodés. La bandera blanca al carajo, yo voy a ver qué tan alto llego, y si tengo que ser mosquita muerta como vos, vamos a ver quién es mejor actriz.

No es que yo tenga la intención de romperte las pelotas, sino que te lavo un poquito la cara con lavandina, como hacía mi mamá cuando me zarpaba diciendo malas palabras. Ahora cagó; directamente las escribo.

martes, 20 de septiembre de 2011

Intuición Femenina (o método para evitar boludos)

Yo sabía que hoy iba a pasar algo raro. Como cuando lo presagiás, lo presentís, tenés algo que te dice "preparate para que te garchen de parada" en la mañana, y andás con doble cuidado. Le dicen instinto femenino, no sé, no sé si lo tengo. El instinto, la feminidad sí. Bah, el sexo seguramente, no sé si la delicadeza.

Pero entonces pasé un día normal. El laburo tranqui, la misma locura de mi jefa de siempre, así que nada de qué quejarse que sea nuevo. El viaje tranqui, no tenía planeadas muchas cosas. No me robaron nada, no me apoyaron nada que valga la pena renombrar de antemano, así que, sí, todo parecía normal. Pero entonces me llama mi prima, y dije "cagamos, palmó alguien". Pero no, tampoco; simplemente necesitaba que vaya a ayudar con mi sobrino. Normal, supuse. El día transcurría aburrido, sobre las mismas ruedas rutinarias de todos los días; no había nada que destacar, y ya a esa altura me di cuenta de que mi instinto tenía mala señal o algo. Hasta que se hizo la luz, y apareció.

¿Viste el tipo que se te hace el guapo, el langa, simplemente al puro pedo? Vos como que no sabés si reírte por la gracia pedorra o por la boludes aparente del chabón. Hoy a la tarde me subo al colectivo y le pregunto al chofer, con toda la onda del mundo, cuánto sale el boleto hasta la estación. Y el siome nomas, con horrendos lentes de plástico, que imitan unos deportivos chotísimos, me responde medio socarrón: - Cinco pesos.
Y yo ahí amagué a una sonrisa, suponiendo que el tipo no sé, se había desayunado un payaso o algo, pero no pareció inmutarse en absoluto. Entonces empezé a pensar que con la inflación que nos sorprende diariamente, podía hacerme a la idea muy exageradamente de que el boleto había aumentado tanto de la noche a la mañana, porque en realidad hacía mucho que no me iba en colectivo hasta la casa de mi prima. Es viable en este entretenido mundo de locos que el boleto se nos vaya a cinco pesos.
Me empezé a preguntar si tenía cinco pesos en monedas, ponele, porque no tenía Sube en ese artefacto rudimentario, y ahí es cuando el tipo, tranquilísimo, embadurnándose en su propio jugo, su mismísima boludes, me medio sonríe y me mira por arriba de sus lentes a tiempo que tira un escueto: - Uno diez.

Yo, la verdad, he aclarado de antemano que ser incorrectacon la gente no me gusta. Y pregunté porque es algo natural, porque tenía la duda, y porque hacía años que no tomaba ese puto cacharro que se hacía llamar colectivo. Además, te la retruco. En las instrucciones de las maquinitas dice expresamente, si mal no recuerdo "indique su destino al conductor". Ahora, ¿qué pasa si el conductor que te toca de turno es un ridículo que tiene ganas de hacerse el gracioso con alguien y vos por lo visto sos la boluda más accesible a la redonda? En vez de "rompa el vidrio con el martillo" tendríamos que tener otro martillo más, algún aparato, una 9 mm., algún guión con una respuesta ingeniosa que no te haga quedar tan boluda. Algo eficaz para el momento en que se cruza un boludo con ganas de satirizarte el día con el crédulo pensamiento de que el pobre infelíz es simpático. ¿Con qué necesidad? ¡Potenciás a un pelotudo! Apuesto con muchas ganas que debe de describirse a sí mismo con un patético "soy muy gracioso" en cualquier formulario de solos y solas.

Y es ahí, después de que obtenés tu merecido boleto, que te sentás y no podés creer por qué tenés más fé en el mundo alrededor, lleno de especímenes como éste, y no te tenés confianza a vos misma. Es como que a propósito de la intuición femenina, pensás que la próxima le seguís el ritmo a la tuya. Que baqueteada y todo, está, definitivamente está. En una de esas la próxima la dejás pasar, la das a menos, y te vuelve a tocas un boludo que, encima, se cree el gracioso.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Ya lo sabía

Mi vieja me dice que tengo que cambiar mi caracter de mierda. Mi viejo me pasa por alto, me llama y me dice que me tranquilize al mejor estilo de negociador con terroristas, y mi hermana se queja de que ya me estoy poniendo insoportable. A mi hermano ya ni lo saludo, se manda tantas cagadas que creo que el tratar de evidenciar que no existe haciendo no uso de mi poco interesante ignorancia no va a tener ningún resultado. Pero igual, no lo saludo. La pareja de mi mamá se calla y se ríe para no asentir con que estoy insoportable - y para no pelearse con mi vieja porque sabe que ella también tiene un carácter de mierda. Me olvidé el cumpleaños de mi sobrino y me siento una basura, pero estoy pidiéndole clemencia a Dios para que mi tía no me rompa las pelotas cuando vaya para la casa. Mi prima que no deja de preguntarme con quién, haciendo qué, adónde, cuándo y por qué - como si no fuera obvio en varios casos. Mi abuelo me parece que se está volviendo más viejo verde cada día, tanto que pensé seriamente en dejar de saludarlo pero después caí en cuenta de que está medio sordo; si lo dejo de saludar como que no me va a hacer mucho caso, va a pensar que no me escuchó, así que estamos en las mismas. Mi jefa me tiene podrida, podridísima. Y cambié todos los relojes de la oficina a cinco minutos después a ver si la muy yegua se digna a dejarme cinco minutos de paz antes de irse a buscar ella a su engendro del demonio y yo volver a mi casa. A mi vecina ya la mandé al carajo tres veces. Los albañiles de la cuadra anterior ya ni me piropean de la mala onda que llevo encima, aunque cada vez vaya con escote más pronunciado.
El perro es el único que me tiene paciencia: pasó de morderme los pantalones cuando me voy, a simplemente romperme las mangas de los sacos y revolear mis pantuflas por toda la casa.

¿Vieron? Yo sabia que empezar a salir con alguien me iba a poner peor. Mucho peor.

domingo, 14 de agosto de 2011

Organizadamente quilomberos

Eso de que no hay boliche el día anterior a las elecciones, es una patraña grande como una casa, primero. Pero claro, eso no quita que si te levantás al otro día a las dos de la tarde y pretendés ir a votar antes del quilombo estás soñando mucho más que cuando mantenías los ojos cerrados.

Pero vas, esperanzada de encontrar una fila, un buen par de mesas, y el quilombo de siempre. El habitual, el apropiado, al que ya estamos acostumbrados. Por supuesto, terminás encontrándote con algo peor.
Llaman por mesa, en una homogeneidad de gente insatisfecha porque quieren entrar, votar, salir, que les den un chocolate, un beso y los arropen para dormir. Dejate de joder. Un mínimo de paciencia tienen que tener. La vieja de al lado mio, de esas de barrio con rulos nunca peinados y una tintura muy mal hecha, es la primera que salta a decir "hace una hora que estamos acá" cuando yo no hacía ni media hora que había estado, y ella había llegado a la par mía. Después, el típico. No le vi la cara porque la altura no me ayuda mucho en los amontonamientos, verán, pero tenía voz de viejo. De esos que si es remisero o tachero, le rogás a Dios que no te toque, y cuando inevitablemente ya estás arriba del auto, esperás con tortuosa paciencia el momento que te largue el "¿Y vos tenés novio? - ¿Y por qué una chica tan bonita como vos no tiene novio?". Pero ahí, en otro capítulo de la serie Viejo Verde, lo tenemos a grito limpio, reclamando como si fuera pedido a la carta al fiscal de mesa, al presidente del comicio, a la directora de la escuela y si están los pendejos que vengan también así armamos más quilombo.

Adentro me cazé los auriculares de una, olvidate. No lo hice afuera porque tenía que esperar a que gritaran mi mesa desde la puerta de la escuela a ver si en una de esas cazaba el número en el aire y trataba de empujar gente a lo Guardaespaldas para poder entrar a unos pasillos de meros dos metros, a buscar las filas que se mezclaban unas con otras por la cantidad de mesas, ¿Suena divertido, verdad?

Cuando yo era chica, la primera vez que entré a un cuarto oscuro fue a los siete años, con mi abuela. Me llevó, tranquila, y me mostró todo rapidito, porque se había que tardar el tiempo que uno necesitaba, siempre teniendo en cuenta a la gente de afuera. Y quería votar, quería tener yo también un sobrecito.
La segunda vez que debí de entrar, no pude; no estaba en los padrones a tiempo. Mientras todos me decían "qué suerte, no tenés que ir" yo no sabía si decirles que en realidad el no haber podido votar por primera vez cuando hubiera debido, para mí era una pena. Tal vez la gente ya no tiene ganas. Antes nos quejábamos de los gobiernos puestos por otros gobiernos, de facto o infinitamente corruptos, y ahora cuando uno se salva de votar andamos envidiándole la suerte. Nunca sentimiento más argento.

Llegando ya a que me tocara mi turno, un par de personas más adelante se pusieron a discutir. Ni me alcanzan las palabras para describir a la vieja de cuarenta años, maquillada con pinturitas rosa fantasía de Barbie y con pinta de tener más manoseo que una puerta, que se quejó porque dejaban pasar primero a una mujer embarazada, y un padre con su bebé a upa. Argumentando su exigencia, claro, a que había estado hacía dos horas, que era la segunda vez que venía y siempre "algo le metían en medio para tardar más".

Digo yo, ¿desde cuándo nos volvimos tan arcaicos, tan básicos? Uno tiene que gritar cuando no lo escuchan, para hacerse escuchar, no tiene que elevar el tono para tapar el del otro. No quiero ser un cero a la izquierda, por supuesto, y cuando tenga que hacer oir mi voz, lo haré con ahínco y ganas, pero no así. Nunca me gustó la desorganización en lo que a uno le corresponde, las cosas hechas al boleo. Sí, había notoriamente un mal plan desde la puesta, pero con los gritos no hacemos nada. Mejor hubiera sido organizar, preguntar, amoldarse al número de mesa, dejar libre el espacio para mostrar los padrones... Son cosas básicas, naturalmente humanas. No seamos bestias, por favor, la revolución se arma desde otro lado, desde la puesta de ideas, desde la demostración de ser superiores al no entregarnos a la movida bruta. No volvamos a la civilización y barbarie de Sarmiento, que supo hacer sentir tan torpes a los ingeniosos, e inteligentes a los que siempre fueron desacatados.

martes, 2 de agosto de 2011

Al servicio de la comunidad

Vos pensá. Si yo voy a hacerte una pregunta, me salteo por error muy erróneo y circunstancial el "hola" que antecede a la inquisición, ¿pensás que lo hago a propósito?

No me acuerdo qué dice en la insignia de policía. Podría decirte con qué pie pisó Neil Amstrong la luna, podría decirte todas las óperas del Colón del 2005, puedo decirte qué color va bien con el tono de tu piel, e incluso qué tipo de cuello podés usar para que te resalte la forma de la cara. Pero si te estoy pidiendo una indicación, con mi voz fingida más dulce, con la cara de mosquita muerta más placentera del mundo, con mi expresión de perdida brotándome por los lagrimales... entonces sé bueno. Hacé esa porquería que dice en tu placa, eso de que estás para la comunidad y, uh, mirá vos, ya que soy parte de esos ciudadanos para los cuales estás presente velando por nosotros, decime cuál es la bendita salida que me deja en la plaza Miserere, porque encima de que el amarillo me atrofia y siempre me jodió a la vista porque detesto ese color, y es justo el que le faltaba a la mezcolanza de colores del subte. Además, al parecer es el color preferido de Macri, no sé. Y la verdad si me preguntás, yo detesto ir a Once porque aunque hay aros baratos y adoro los aros, también hay pajeros por doquier, y yo estoy con un taco a punto de romperse y la carpeta con los papeles tratando de esquivar a la multitud. Sí, igual,  perdoname, ya sé que vos no tenés la culpa. La verdad es que yo vengo con la mejor onda, entendeme. Pero si te digo "Disculpame, te puedo hacer una pregunta" En vez de "Hola, te puedo hacer una pregunta" no me trates como irrespetuosa, porque un error lo tiene cualquiera. Además no sé si me estaba boludeando el tipo, o qué, todavía no lo distinguí del todo.

La cosa es que yo quería bajarme en la plaza, por eso le pedí ayuda. Aunque, bueno, la explicación fue la más pedorra del mundo. Para colmo encima me hizo sentir mal con respecto a que pareciera grosera, cosa que me terminó de amargar. Pero pensémoslo así; con la bronca que tenía después del nulo consejo -sí, me fui para cualquier lado, sé que me vio, y seguramente quedé como boluda total-, me habré llevado algún que otro carterazo por delante mientras cruzaba la avenida, con el tumulto de gente que justamente quería evitar, pero bueno, no importa. Sé que después de todo no soy una irrespetuosa, sino que el tipo es un imberbe deleznable, y que desde ahora cuando salga de Pueyrredon tengo que irme a la derecha, no a la izquierda.
Inevitablemente, de los errores se aprende. De la gente deplorable también.

miércoles, 27 de julio de 2011

Reemplazante

No podía abrir la mermelada. Estaba sentada con mi individual, la taza de café humeaba sobre la mesa, ya tenía azúcar, le había sacado la cuchara, pero me quería preparar una tostada antes. Las había sacado hace contados quince o veinte segundos, crocantes y doraditas, pero tuvieron que perder esa calidez mecánica de la tostadora, ¿por qué? porque no podía abrir la mermelada.

Todo este tema comienza con la ineptitud de mi padre. Si él evitara comerse mi mermelada de damasco light cuando yo salgo rápido a la oficina y la dejo en la mesa, entonces yo podría irme sin preocuparme porque, justamente, estoy segura que va a hacerlo. Y para peor, se dió un atracón con más de medio frasco de mermelada o se le habrá caído, no sé, el tema es que compró una nueva y hoy yo estaba sola. Bah, no sola. Estaba acompañada de una taza increíble de café, el hambre acumulado de horas de madrugada sin dormir, y con la radio bajita. Ni siquiera había aclarado del todo afuera, podía ver por los vidrios de la puerta.

Y yo ahí, peleando con un tarro insulso, en una pelea injusta porque yo tenía sueño, hambre y poca paciencia. Obvio que no había nadie en casa, y me llevo pésimo con mis vecinos, sino hubiera salido acudiendo a la ayuda del prójimo. Me importaba un carajo que medio mundo estuviera durmiendo, yo tenía hambre y quería comerme una tostada con manteca y dulce. Y ahí, sentada a la mesa, con la radio ya siendo un murmullo de fondo, y mientras me dolían las manos de tanto apretar, casi riéndome sola, me planteé una desgracia inminente, una conclusión espantosa y casi tan realista como innecesaria.

Necesitaba un hombre. No necesitaba ni un padre, ni un hermano, ni un vecino. Necesitaba inevitablemente un hombre, un macho argentino, con el torso desnudo que se paseara en boxer y ante el menor atisbo de mi peligro ante la escasez de mermelada, acuda como caballero a destapar aquel ínfimo paso que me separara a mí de cualquiera de mis insulsos cometidos. En este caso, de la mermelada. Y me quedé mal, sí, qué querés que le haga. No es que tenga que ver con que ayer haya visto al tipo que me está volviendo loca de tanto vuelteo que damos, no... el tema más bien es que todo a mi alrededor me indica "casate, laburá/estudiá, tené hijos, adaptate a la sociedad" - Be one of us, más o menos. Sé un zombie más de nuestra horda actual, andá a reservar entradas para el cine o quejate porque te vendieron un paquete de aceitunas vencido. Acostumbrate a lo de siempre. Comprate una mermelada sin tapa a rosca.

Y después de largo rato maquinándome la cabeza, me estaba poniendo mal, claro. Bajé la vista, ya empezando a rezongar por ser tan autosuficiente, por ser tan egoísta adrede, reprochándome aquel gusto arcaico que le encuentro al poder valerme sola, estar con un tipo cuando se me cante y después deleitarme con el placer de complacerme a mí misma, todo era un augurio de la depresión que iba a acarrear todo el día.

Pero agarré el cuchillo, ese suavecito sin punta, y forzé un chiquitín la rosca y como quien no quiere la cosa, la tapa se fue inflando despacito hasta hacer un click ínfimo, casi tanto como el que hice en mi cabeza. Sí, inevitablemente hay siempre reemplazos para el hombre. Tal vez no tenga a algún tipo adornándome la casa, bueno, pero valía el placer de disfrutar sola un par de tostadas con manteca y mermelada a la mañana, mientras amanecía, sin nadie que me jodiera con preguntas de dónde estaba el azúcar, o por qué había dejado la cama tan temprano.

Al fin y al cabo lo demás mucho no importa. Sino después compro un florero.

martes, 12 de julio de 2011

Me la veía venir

Recién llegué a la oficina -la cornuda de mi jefa obviamente no está-, apenas vuelvo del recorrido de la quincena. Lo bueno de esto es que me ato a la radio y laburo como movida por la inercia. Mis pies ya se acostumbraron al recorrido, saben bien donde ir y no necesito prestar mucha atención, simplemente viajo.
En colectivos llenos en los que el chofer me hace señal de que entre por la puerta del medio, en otros que apenas tienen dos o tres personas mirando autistas por la ventana. Esa ciudad que se mueve afuera y nosotros estáticos, quietos, moviéndonos sin poder parar. Viajo en el subte, y amo el subte. La multitud abochornada en vagones rojos, sino vagones viejos que te piden ayuda para abrir las puertas, o vagones que del ruido exasperante que hacen no me dejan más opción que escuchar sus quejidos y dejar el entretenimiento de la radio en la boca de la calle.

Pero claro, siempre hay un desubicado que te interrumpe. Todo, absolutamente todo. Uno que te dice lo lindo que está el día , y te quiere iniciar charla y yo soy chotísima para iniciar charla, sobretodo estando bajo tierra, que arriba puede haber empezado la lluvia ácida y ni enterados. O sino te toca otro ridículo que está sentado en el mismo vagón que vos, en frente, y le sentís la mirada fija pero no estás prestando atención. Hasta que te das cuenta que de las cinco personas chotas que están en ese vagón, el infelíz que estaba sentado enfrente y ahora se sentó al lado tuyo sonriéndote, es tu ex.

- ¿No me pensabas saludar?
- Estaba distraída, hola Jonathan.
- ¿También estabas distraída cuando me eliminaste del facebook?

El recuerdo tan estúpido e inmediato me hizo sonreír. Si alguien tiene la respuesta a cómo puede darle tanta importancia a algo tan idiota, tiene entonces la respuesta de por qué lo dejé hace un par de años. Una vieja subió al vagón, se sentó en frente de nosotros y sonreía como mirando a la juventud enamorada. Yo tratando de no correrme del lugar, y él acercándose sin escrúpulos, así como es él.

- No, eso lo hice conciente. Además te hacías el pelotudo en frente de tu novia, si querés usar a alguien para darle celos yo no soy buena opción, hay mil mejores.
- Pasa que nosotros dos tenemos algo pendiente, vos siempre venías conmigo y terminábamos en casa, solos, tirados en el sofá... ¿te acordás?
- Sí, también nos interrumpía tu hermanito y subía las escaleras gritando que nos estábamos besando. No me hagas acordar.
- No, no hablo de eso, malpensada. -la fingida inocencia lo hace ver más mina que yo- Decía de cómo hablábamos, siempre me contabas tus cosas, cómo estabas, qué hacías, qué te pasaba. Yo sé que terminamos pero... podés seguir contándome igual. - Y el atisbo de luz en su proposición (o debe ser que me siento más sola que un perro) me hizo pensar en que sí, antes generalmente le contaba mis cosas y decantaba mucho de lo que sentía en él - Y bueno... ya que estamos en el sofá, podrías devolverme el favor. - se acerca, la vieja nos mira pensando que nos vamos a dar un beso - Por ejemplo, podrías dejarme que te toque un rato esas tetas que me encantan -

Yo me la veía venir, pero a la vieja se le hizo añicos la película romántica. Me levanté y ni sé si me escuchó cuando le dije que tenía que bajarme. Eran tres estaciones antes de la mía, pero no esperé al próximo tren. Salí a caminar afuera, el día estaba perfecto, y la gente corriendo para todos lados me hacía pensar, revolver un poco y acordarme qué había hecho para haberme vuelto tan egoísta y no buscar ni una sola persona en la cual hacer catarsis. O dejarme tocar las tetas. Y un par de cuadras antes de llegar a la oficina, me di cuenta. Pero ya era tarde para contestárselo a él.

Para eso me hice un blog, pelotudo.