Soñé que mi vieja se moría, que mi abuelo me miraba desde la casa de mi infancia diciendo "ahora no estoy tan solo, estoy con Graci... pero le hablo, le hablo y no le contesta". Y era la misma cara que puso cuando murió mi abuela. No me animaba a ir hasta su casa porque no quería descubrir esa verdad; si mi vieja estaba muerta o simplemente era víctima del engaño de mi abuelo, que le debe de haber susurrado algo y no le contestó porque mi mamá duerme profundo y no escuchó. Es ilógico pensar que paré mi acción en sueños para formular una hipótesis en esa situación, pero cualquier cosa sirve para evitar una realidad onírica que uno más que nada no quiere que pase. Aunque a veces lo desee, pero no, nunca así.
También la soñé a mi abuela, que no es por una cuestión de no darle el honor que se merece como la mujer de mi vida, pero me da cosa. Cada vez que le cuento a alguien que soñé con ella, me reclaman ellos mismos como si pudieran comprender, que necesito ir a verla. Que ella me llama, que me exije. Bah, en realidad, ¿cómo saben? Ellos también deben de verla en sueños y le preguntan, por ahi. Yo no. Yo no se si asustarme o no, sobretodo porque esta última vez estaba mirando las góndolas de un supermercado chino. Es incluso rozando lo premonitorio, con toda esta boludes de que el mundo tendría que haberse acabado hace un par de días y al final somos todos buenos y sobrevivimos. Incluso tuve la delicadeza de preguntarle, cómo estaba. No me contestó, me miró nomás como me miraba ella cuando me enganchaba haciendo alguna cosa rara, entre intrigada y tranquila. Pero no hacía nada, yo. Creo. No me acuerdo, bah. Pero tenía que reprimir esas ganas de mirar a otro lado y olvidarla, porque me da cosa verla. Es como volver a escuchar una canción que te habías olvidado que tanto te gustaba, o que te encuentres una cicatriz chiquitita en la parte de atrás de la rodilla, de esas que no te ves nunca a menos de que estés hurgueteando. A uno le dan ganas de salir rajando, pero se queda.
Y la verdad que no sé. O estoy, tal vez, algo triste, o tengo que jugar a la quiniela.
martes, 24 de mayo de 2011
lunes, 23 de mayo de 2011
El cuaderno de Eli
La enorme exposición que dejo acá es algo que me hace pensar muchas veces antes de dejar algo, sépanlo. Por eso me freno yo sola buscándole las palabras justas o la debida forma de decir algo para no quedar tan tarada.
Encontré algo que no tengo ganas de cambiar, y me dije que era buen ejercicio para ir haciéndose a la idea de a poquito del patetismo y el bochorno.
Hace años me gustaba una chica. Así, tranqui, ni que me volviera loca. Era una amiga que en poco tiempo se instaló en mi vida dejando así, primero el cepillo de dientes, y después las pantuflas y el pijama sobre la cama. Ella era consiente de lo que iba a provocar en mi tarde o temprano, pero nunca llegamos a nada. Ni siquiera un beso, porque había un factor enorme que nos diferenciaba. La distancia. Ella era de Santa Fe y yo siempre porteña. Viajaba para arreglar algunos asuntos sobre una propiedad que tenían acá en su familia y querían vender, acompañando a su abuela. La conocí de casualidad, de puro pedo más bien, porque fue la única persona de la cual acepté sentarme en una cafetería porque las dos estábamos solas.
Después se fue, se llamaba Elizabeth. Creo. Por ahi se llamaba Elisa y me dejaba que le dijera Eli o Elizabeth porque Elisa me parece horrible y se lo dije apenas me dijo con voz tranquila cuál era su sobrenombre.
Una vez, después de dormir una noche con ella, escribí algo improvisando lo que había sentido la noche anterior. Procuré que no lo leyera, aunque de seguro no hubiera dudado en regalarme una de esas sonrisas inigualables de comprensión y comicidad que me mostraba cada vez que proponía alguna pelotudes. Como viajar medio sábado en el subte sin parar y sin destino, solamente porque tenía ganas. Hoy encontré el cuaderno, se me cayó en la cabeza mientras bajaba unas cajas del armario viejo, como augurio de que lo que había adentro era malsano a mi mentalidad. Y no lo leí muy atentamente porque sé que voy a arrepentirme de dejarlo aca, entonces. Más fácil, leámoslo juntos.
- Correte un poco a la derecha.
Lo digo como esos pintores antiguos, como si estuviera examinándola con una paciencia pulcra y un ojo exacto en ella y sus formas.
- Corré un poco la cara al costado, así.
Ella mueve el rostro para quedar en un punto medio. Ni de perfil, ni de frente. El mechón de pelo que le cae sobre la cara es el determinante en esa imagen; lo acomodo lento, casi con recelo, tratando de que luzca lo más natural posible.
Es inevitable sonreírme cuando termino mi obra maestra. Realmente, aquella pose debería de usarla siempre. O por ahí sería mejor que sólo lo haga cuando duerme conmigo. Sí, eso estaría mucho mejor.
Hay una forma sutilmente encantadora que roza lo etéreo en el modo en que la luz impacta en su cara. Los hombros explícitamente invitan al cortejo entre esa piel y la aspereza de mis propios labios ya un poquito hinchados. Me relamo como si pudiera verme tratando de tentarla, le sonrío y me sonrojo. Pero en vez de acercarme y de una vez por todas besarla, simplemente puedo suspirar, dándole vida a una bocanada que hace eco entre la luz azulada que entra por la ventana, y esa persona acostada de espaldas al lado mio.
E inevitablemente, me siento feliz.
Pero de esa felicidad momentáneamente eterna. Que va a durar segundos pero cada uno de ellos va a parecer más vivo e inmortal que el otro. Y no es como lo contento que te pone una buena noticia, o un momento en el que estas bien; Parece que estás feliz como un artista que tiene la oportunidad de ver a Picasso, como un escritor que lee a Cortazar o de la misma manera que un pirómano se maravilla absorto al contemplar las llamas. Orgulloso de su obra, de su auge, de aquello que lo hace vivir y elegir siempre el mismo camino, ser como es. Vale apasionarse por eso que, a sus ojos, es la belleza en su expresión más intensa e inocente.
Así me siento yo. Sobretodo cuando hay un mechón de pelo que no termina de decidirse si caer sobre su pecho o dejarse tentar a lo infinito de la espalda. Y lo intento, pero no demasiado empeñada en frenarme, porque no tarda mucho en hacerse un problema mayúsculo y obviamente como cualquier mancha pequeña, esa inexactitud en mi cuadro perfecto me quita la concentración.
Empiezo a calentarme las manos frotándomelas contra mi aliento, pensando en la posibilidad de tocarla con los dedos fríos. Y cuando estoy a punto de terminar otra vez mi cuadro perfecto, ella es la que respira toscamente, removiéndose en el lugar. Pero cuando vuelvo a mirarla, ese mechón infame y corrupto sigue ahí.
Y no aguanto más.
- Podés dejarme dormir en paz, ¿qué es lo que te pasa?
- Perdón, perdón.
La voz de ella llega a mantener la fantasía y el clima del momento, pero la mía finalmente acabó por romperlo todo. Y para colmo, se mueve. Sin nada de consideración, se retuerce y con ella se va la silueta de la luz que entraba por la ventana y daba justo sobre su hombro, se esfuma la divina conjunción del pelo entre los pechos, y la piel se vuelve más nocturna, más oculta entre las sombras de lo que tenía pensado en mi mente.
Es mucho, muchísimo mejor. Hay una manera en que le quedó la boca que siento desde bajo el vientre que literalmente, muero de ganas por besar. Me cosquillean las manos por las ganas de tocarla, agradeciendo la súbita sensación agradablemente cálida que empieza a correrme en la sangre. Se dio vuelta para mirarme con los ojos cerrados, seguramente, haciéndome sentir insegura siempre frente a ella y a la vez me derrita mirando como el flequillo le juega con las pestañas.
Me doy cuenta que es inevitable. La rebeldía mezclada con encanto que yo quiero fabricarle y ella tiene brotándole como sudor en la piel. No voy a poder cambiar nunca a mi antojo lo que es su estado natural. Y eso, justamente eso es lo mejor de todo. Lo que de ella me gusta tanto.
lunes, 16 de mayo de 2011
Que conste
Ya sé que tenía que venir a postear. No es una cita, es algo más personal; es dejar toda los restos de locura diaria acá, plagada en un vomitivo post que nadie va a dignarse a leer. Dejé de venir como por semanas, porque estuve atestada hasta la coronilla de papeles, facturas, requisitos, filas de banco, gente molesta, embotellamientos y miles de miles de cosas. Además, tengo la firma creencia de que la contadora me está avejentando con su mirada de arpía incandescente. Es mi jefa, que conste.
Pero vine. Vine a pesar de que estuve descongelando un pollo toda la tarde y no se por qué mi casa tiene la temperatura de un iglú o qué, pero no puedo tirarlo al horno así nomas porque tiene menudos y no quiero causar un incendio porque no tengo a mano matafuego. (A quién no le ha pasado? a nadie? bueno. A mi tampoco, que conste.) Además, el tipo con el cual salgo se fue de viaje. Se fue de viaje y eso quiere decir "tenés permiso para tener sexo con quien quieras" porque digamos, él va a tenerlo de seguro. Lo que no me aclaró bien es con quién puedo adaptarme nuevamente, porque hace rato que venía nomas con él, y uno se va adaptando a la piel del otro. Ya no tiene tanta verguenza (yo que soy terriblemente quisquillosa para mostrarme) y sobretodo se siente más cómoda. Mi última salida fue en el cumpleaños de mi prima que además ni se me pasó por la cabeza levantarme un tipo. Tengo uno en puerta, como quien dice, pero no pasó nada todavía. Y fue porque yo me negué porque estaba con "mis días" (horrible término que usamos las mujeres), y no sabía si al tipo le iba o no esa onda. Igual, bueno, la cosa fue con un grado de alcohol bastante alto en la sangre, y en frente de la casa de mi amiga. Me porté como una diva igual. De las pocas cosas que puedo recordar, que conste.
Así que conjunto con esta detestable y rayando lo graciosa situación tanto laboral como sexual, me atrevo a decir que mi situación social está directamente proporcionada a afectarse por esto. Porque una está más cansada, y encima de mal humor porque no es que esté contando los días para que el otro vuelva, nada que ver, porque no es que dejé de salir con tipos y ya ni me acuerdo cómo carajo es que se hacía para salir con alguien así, tipo, para garchar nomas... y no quedar trola, que conste.
Pero vuelvo, volví, Dios, sí. Acá estoy y estoy gastándome el tiempo en que mi paciencia se calienta a ver si así puedo descongelar un poco el pollo, hacer la comida y terminar la noche contenta. Al menos ahi, al borde de la contenticidad extrema y el bajon que me va a hacer pedir un kilo de helado marroc para mi sola con el único fin de comerme todos los pedazos del bombon y dejar ahi olvidado lo que resta. Hasta que vuelva a sacar otro pollo de la heladera, y trate de descongelarlo de nuevo. Si llegara a pasar, entonces voy a volver a dejar una sarta de cosas acá, medio caliente (en ambos sentidos), medio tranquila (porque lo estoy, totalmente). Y a pesar de mis necesidades tanto sexuales como comestibles y también rozando lo mentales, voy a volver acá, ya me está gustando esto. Le estoy tomando el gustito a esto de escribir lo que sea, para cualquiera, desnudándome sintácticamente.
Pero sin parecer trola, que conste.
lunes, 2 de mayo de 2011
Por el bien de la humanidad
El cachetazo lo llegué a sentir más fuerte de lo que seguramente fue. Debió de ser el frío, o la bronca contenida que trataba de agarrarme hasta con las plantas pero no con ella. Se la dejé pasar, la miré como quien se contiene enteramente por el simple hecho de no perder tiempo mandándote al carajo, y me fui sin siquiera decirle "un saludo a la tía!" como siempre suelo despedirme apenas doblo la cuadra.
Cuando Soledad, mi prima, me dijo de ir a bailar para el sábado de su cumpleaños -cumplió el lunes y no quería festejarlo antes- yo por supuesto que, con una sonrisa y haciéndome ya a la idea de una noche por lo menos "copada", le dije que sí pensando desde ese lunes en qué ponerme el fin de semana. Todo lo contrario por lado de mi hermana, que ya tuvo bastante joda en su haber, y no es muy prendida a la hora de organizar y toda la cosa, pero se la banca para que mi prima después no le pase factura. Pasa la semana, el lunes sinceramente la pasamos genial -incluyendo una pública tirada de onda que esquivé monumentalmente haciéndome la boluda- y tenía todas las esperanzas puestas para el sábado. Para qué.
Primero y principal, (sujeto a esto quiero hacer un llamado a la solidaridad) mi prima necesita un hombre que la atienda por un buen rato, porque el humor lo cambia como de bombacha -tal vez más seguido- y la cara de culo se le adhiere y toma color instantáneamente como la sopa Quick cada vez que alguna situación o comentario desacertado llega a su oído. Ejemplo vivo de eso fue cuando el chico que ella quería que la sacara a bailar, comentándonos a todas que estaba muy lindo mientras no cesaba con el contacto visual y el baile sugestivo. En eso el chabon se acerca y camina hacia nuestro grupito acercándose medio como bailando con pose de macho men (vaso trago largo con líquido amarillento y dos hielos en la mano, pelo con gel, cara de “sí, vos sos la afortunada” y al mismo tiempo haciéndose el dolobu para hacer como que no pasó nada si lo rechazás). Mi prima, a poco de hacerse pis encima, se da vuelta como para hacerse la sorprendida cuando la sacaran a bailar.
Sorprendida quedó, sí; ella, yo, mi hermana, y las demás chicas. Porque cuando me agarró a mí para bailar, no sabía de qué disfrazarme. Fue un NO de esos rotundos que dañan el ego, vale aclarar, más por costumbre a rechazar a ese tipo de chabones que porque no me gustara del todo, porque tenía su onda pero igual, ya la había cagado.
Sorprendida quedó, sí; ella, yo, mi hermana, y las demás chicas. Porque cuando me agarró a mí para bailar, no sabía de qué disfrazarme. Fue un NO de esos rotundos que dañan el ego, vale aclarar, más por costumbre a rechazar a ese tipo de chabones que porque no me gustara del todo, porque tenía su onda pero igual, ya la había cagado.
Después de eso, el contacto visual rozó lo nulo, y yo me inhibí un poco para volver a bailar. Hasta que bueno, jodimos, salimos afuera, el tema pasó y volvimos a ser seis locas revoleando los pelos al son de cualquier canción pegadiza que nos gustaba a todas. Incluso empezamos a joder con un borracho que no dejaba de bailar al estilo Neo de Matrix, revoleándose para los costados pero siempre con los pies en la tierra, por lo que la risa no tardó en apaciguar las cosas. Pero empezó a lloviznar y como yo no quería mojarme el pelo porque parezco Krusty el payaso si me viene el frizz, me fui apartando un poco. Mariana, una de las chicas, se estaba mandando mensajes con el novio. Belén que estaba con frío a un costado y no tenía muchas ganas de bailar después de tres horas, y Gaby que bueno… es Gaby, y eso implica la seriedad como estado general.
A los 15 minutos de estar descansando, Sole se levanta y al grito de “Nos vamos” ya nos veíamos venir que no sólo iba a ser la lluvia la que nos despeinara; también la otra tormentosa nos iba a romper soberanamente las pelotas. O los ovarios, en su defecto.
Cuando volvimos a desayunar (o sea, tomar café para evitar la hipotermia), hubo una seguidilla de comentarios para todas. Estábamos Gaby -mi hermana-, Sole -¿ya aclaré que ella es mi prima?- y yo, que estaba en trance entre el limbo, la cocina de la casa de mi tía y la tierra de los sueños. Y empezó la perorata.
Que Belén no le daba pelota, que se quería hacer la linda, que salía con cualquiera, que la madre la vigilaba con razón pero igualmente la vigilaba y la hija podía hacer lo que quisiera, que igual se hacía la modosita pero salía a bailar con los que la sacaban, y que la verdad, la próxima si no era porque era por compromiso: “no la invitaba del todo” (Lo pongo literal porque no entendí esa parte; ¿la iba a invitar de a pedazos?) Mariana, por su parte, todo el tiempo mandándose mensajitos con el novio, y era una falsa porque estaba amargada contestando el teléfono para después volver toda contenta, que de seguro era así con todo el mundo, que de seguro era así específicamente con ELLA, y que menos mal que sonreía al menos, porque para salir con ella y encima estar con cara de culo, sería el colmo. De Gaby la escuché decir poco y nada, sobretodo porque mi hermana es de pocas pulgas; simplemente que tenía menos onda que un renglón, que el ánimo le cambiaba como montaña rusa, y que no sabía para qué se había puesto esos zapatos tan altos si iba a estar todo el día sentada porque estaba cansada. ¿De mí? Las maravillas que habrá dicho. Ni me quiero imaginar lo que habrá pensado. Más aún cuando me acosté sin despotricar en contra de alguien, y haciéndome la dormida para no contestarle a esos comentarios venenosos al vicio como “Y lo más seguro es que Mariana se haya ido a garchar, seguro…” aguantándome las ganas de acotar con un certero “lo bien que te haría”. En cambio, tenía que llegar a casa temprano al otro día (antes de las doce) porque un tipo de la editorial me tenía que dejar unos libros; eso, naturalmente, la molestó y la puso de mal humor porque no había podido dormir “lo suficiente como para estar con onda”.
Que Belén no le daba pelota, que se quería hacer la linda, que salía con cualquiera, que la madre la vigilaba con razón pero igualmente la vigilaba y la hija podía hacer lo que quisiera, que igual se hacía la modosita pero salía a bailar con los que la sacaban, y que la verdad, la próxima si no era porque era por compromiso: “no la invitaba del todo” (Lo pongo literal porque no entendí esa parte; ¿la iba a invitar de a pedazos?) Mariana, por su parte, todo el tiempo mandándose mensajitos con el novio, y era una falsa porque estaba amargada contestando el teléfono para después volver toda contenta, que de seguro era así con todo el mundo, que de seguro era así específicamente con ELLA, y que menos mal que sonreía al menos, porque para salir con ella y encima estar con cara de culo, sería el colmo. De Gaby la escuché decir poco y nada, sobretodo porque mi hermana es de pocas pulgas; simplemente que tenía menos onda que un renglón, que el ánimo le cambiaba como montaña rusa, y que no sabía para qué se había puesto esos zapatos tan altos si iba a estar todo el día sentada porque estaba cansada. ¿De mí? Las maravillas que habrá dicho. Ni me quiero imaginar lo que habrá pensado. Más aún cuando me acosté sin despotricar en contra de alguien, y haciéndome la dormida para no contestarle a esos comentarios venenosos al vicio como “Y lo más seguro es que Mariana se haya ido a garchar, seguro…” aguantándome las ganas de acotar con un certero “lo bien que te haría”. En cambio, tenía que llegar a casa temprano al otro día (antes de las doce) porque un tipo de la editorial me tenía que dejar unos libros; eso, naturalmente, la molestó y la puso de mal humor porque no había podido dormir “lo suficiente como para estar con onda”.
Me la banqué histérica la mañana, hasta que mi hermana me cansó de dar más vueltas que una calesita para salir, mientras mi viejo me llamaba hasta por señales de humo, y yo que estaba con sueño, no daba más y obvio que me puse un poco pesada. Así que un pequeño comentario brusco de “¡¿Cuándo nos vamos?!” fue meritorio de sus resbaladizas contestaciones, y salí de la casa de mi prima en un primer intento sin daño aparente. Hasta que me doy cuenta que me olvidé el pañuelo. Y cuando vuelvo a salir con el cuello ya abrigado y una clara declaración de guerra, el cachetazo novelesco suena al son de “Y después la que me pongo idiota soy yo” me sorprende al punto de quedármela mirando preguntándome realmente si me había levantado efectivamente o era un sueño de mal gusto.
Creo que si hubiera sido serpiente, me moría al instante de tanto veneno acumulado que tuve que mantener mordiéndome mi propia lengua. Así que ahora sí puedo decir sin ningún tipo de moderación; No, Sole. No te pongas más idiota. Andá a algún centro de caridad y por favor, por el bien de la humanidad, pedí que te la pongan.
Creo que si hubiera sido serpiente, me moría al instante de tanto veneno acumulado que tuve que mantener mordiéndome mi propia lengua. Así que ahora sí puedo decir sin ningún tipo de moderación; No, Sole. No te pongas más idiota. Andá a algún centro de caridad y por favor, por el bien de la humanidad, pedí que te la pongan.
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