Como siempre: semana ocupadísima. No pude sentarme tranquila a escribir algo meramente decente, y créanme que no hacer catarsis en el blog me hace estar histérica en the real life. Mi jefa está histérica por fin de mes, se nos vienen todos los resúmenes encima... creo que voy a recomendarle bloggear a ella.
Ahora por lo pronto estoy en casa de mi tía, es el cumpleaños y le robé la computadora cinco minutitos para hacer mi aparición estelar.
Mi prima sale con un tipo, ahora. Parece. No sé qué esperar, de seguro cuando nos acostemos me va a hablar de eso. Pero lo mejor; le regalé un conjunto de ropa interior erótico a mi tía. Pero no sexy, más bien del tipo ridículo. Igual, se copó mucho la gorda. Créanme que no es nada sensual imaginar a mis tios (grandes en tamaño y años) en cualquier tipo de situación sexual, que mi tía siempre se ocupa de recalcarme, ellos TIENEN situaciones sexuales comprometidas.
Ahora, para demostrarlo, quiere hacerle una especialidad a mi tío. El cumpleaños es la semana que viene, y para colmo, quiere hacerle una fiesta sorpresa. Pero de las íntimas, dijo ella. No me quiero ni imaginar eso.
jueves, 30 de junio de 2011
domingo, 26 de junio de 2011
Piropos propios
Es fácil y práctico. No se necesitan aduladores, ni siquiera un autoestima a prueba de todo. Lo importante es no prescindir de un sentido común bastante retórico, o lógico digamos. Yo no necesito de los halagos de los demás, porque me llego a sentir bien sola. A comparación de los demás, uno mismo siempre está mejor.
Cuando salimos a bailar, tal vez me venga el bajon. Paso dos horas pensando en qué ponerme, para después lamentarme bajo el pensamiendo de que sin esos kilitos de más podría vestirme como una diva con toda la soltura del mundo y no me sentiría ridícula haciéndolo. Pero bueno, se me pasa. Estando en el pub, sin quererlo, tal vez me cruzo la vista con una chica espectacularmente peinada, con un vestido cortito y bien entallado al cuerpo. Literalmente, con esas tiras en la espalda parece un matambre, y si algo de maquillaje en la cara le sobraba, era justo el cual le faltaba para tapar uno que otro granito en la espalda.. Yo, al menos, tengo la cordura para no ponerme algo así. Cuando volteo la cabeza, me topo con una que parece haber salido de la jaula hace poquito. No tendrá ni 21 años, la criatura de Dios, y ya está refregándose contra cuanto símbolo fálico pase por delante de sus ojos. La música no la ayuda, claro, diciendo "me pasaría la noche dándole" y ella haciendo un gesto algo sado que sería de buen gusto siquiera si lo hiciera con las piernas un poquito más cerraditas.
Generalmente mi reacción ante estos momentos es nula. Las chicas bailando desenfrenadas, otras amatambradas por un vestido que no te queda bien, chiquita, me he encontrado con chicas que se ponían hasta tres corpiños para aparentar más busto (lo peor: uno era violeta, uno rojo, y uno blanco) o mastodontes vestidos de gala con unos tacos que desafían las leyes de la gravedad. No faltan nunca las modositas, vestidas para salir a la plaza a las cinco de la tarde y cayeron ahí de golpe y porrazo, como así también las agrandadas, paseándose nomas para hacer desfile.
Yo, vestida con una camisita algo escotada y un jean ajustado, me veo las botas de cuero con taco, lindas en lo normal, y las comparo. ¿Tendría que vestirme así como esas? Matarme tanto para salir un sábado a la noche, cagarme de frío con vestidos que realmente, no me quedarían bien... no creo. No creo que deba producirme tanto para una salida típica. Dios sabrá qué andan buscando aquellas. Porque por donde salgo yo, mucho señor grande con plata no van a conseguir, tendría que avisarles.
Entonces ahí me viene el espasmo de felicidad momentánea, que me da la adrenalina y las ganas para seguir bailando toda la noche, importándome muy poco si me encaran a mi mucho menos que a esos gatos deambulando por la pista. Me digo que estoy mejor, estoy más cómoda, estoy más divertida y más ubicada. Soy más, porque ellas parecerán más pero son menos. A mi punto de vista, al punto de vista de lo racional, de lo lógico, de lo feminista, si querés.
Me deleito con las botas blancas de una, combinando con una cartera marron comprada en un todo por dos pesos. Me río con ganas cuando veo a una con las tetas moldeadas de papel higuiénico apenas sale del baño. No me aguanto a ver despectivamente aquellas que están tan horriblemente combinadas, como a esas que estan perfectamente vestidas de pies a cabeza con animal print. Porque yo disfruto, bailo sin que se me acalambren los pies y tenga que andar pisando huevos. Me visto como una persona normal, con ropa normal. Sugerente, claro, pero no regalándome tácitamente al primero que me de un trago. No, gracias. No me dan ganas de ser así, no lo digo por envidiosa encubierta, believe me. Pasa que yo las miro y me digo, ¿para qué necesito los piropos que no me dicen a mí y sí a ellas?
Si con las tremendas panzadas de deliciosos pecados de la moda que ellas cometen, yo ya tengo gula para rato.
miércoles, 22 de junio de 2011
Fútbol y sexo: hablemos de pasión
Abiertamente ya he dicho en algún momento que soy de Vélez (¡Vamos campeón!) y creo que va a notarse de vez en cuando, porque se me escapa. Ser neutral es algo que me conviene la mayoría de las veces y me cuesta cada una de ellas. Por eso, y siguiendo mi costumbre, no puedo callarme ahora, cuando todos hablan de ese tema tan varonil, de macho rudo, de hombres sudorosos arrancándose las camisetas entre sí; yo también voy a hablar de fútbol.
J. P. Varsky y Marcelo Gantman son los únicos hombres que me enseñaron que el fútbol es más complejo de lo que parece. A quien este deporte le disgusta, naturalmente va a decir la típica frase de veintidós pelotudos corriendo atrás de una pelota tratando de meterla en el arco contrario. Pero me pregunto yo, poniéndolo en un plano sexual bastante singular, ¿nunca vieron unos cuantos pelotudos todos atrás de la misma mina? Acá también podría aplicarse el hecho de que la mina sea algo pelotuda, tomando como raíz “pelota”, pero eso ya es irse por las ramas, lo admito.
A raíz de esto, nadie debería venir a contradecir si digo que en cuanto una chica muy… paqueta, digamos, se presente como el “premio” a una disputa en la que cualquier apto a la conquista puede participar, no hay dudas de que es una competencia de quién es el más vivo, el que gambetea más, el que más la maneja para meterla -la pelota-, pasando por alto el hecho de si el tipo es el más galán o encantador de todos ellos.
Es una cuestión de conquista, de talento y carisma, no sólo presentarse como un muñeco Ken a disponer del premio argumentando la lindura propia sin esbozar esfuerzo alguno. Aunque por supuesto con sus claras discrepancias, sin pasar por alto el típico “billetera mata galán” -desde Messi hasta Tinelli, por más cara de nabos que tengan, garpan de cualquier manera. Y siguiendo la lógica de mi comparación, puedo decir a mi favor que algunos muchos campeonatos se ganaron así, de esta manera, metiendo las manos en los bolsillos, guiñando un ojo y haciéndose el sota como Dios manda mientras te la mandaban a guardar despacito y bien adentro.
La suerte del fútbol es un término irrefrenable, que va de la mano de las cábalas más crédulas y supersticiones que rozan en momentos lo ridículo. Poniendo un ejemplo concreto y tal vez demasiado personal, voy a contarles una anécdota que me hizo creer que ya estaba un poco más perseguida de la cuenta en esto del campeonato y las connotaciones de los actos propios a las consecuencias en los resultados futbolísticos.
La persona con la cual estoy saliendo es de River, y yo de Vélez, como ya mencioné en un principio. A fines de abril estaban enfrentándose estos mismos equipos en una lucha de mínimos puntos por mantener la punta (Vélez) y arrebatarla (River). Habían pospuesto el partido contra San Lorenzo por el episodio lamentable en que murió un hincha cerca del Amalfinati, y por eso había una desventaja de puntos de nuestra parte. Estaba nerviosa, siempre estoy nerviosa, y los conflictos futbolísticos me dan una buena razón por la cual argumentar mi dramatismo.
Por esas fechas, recuerdo que nos vimos con este señor en cuestión, y habíamos tenido un par de charlas previas algo… sugerentes. El resultado de esto fue descubrir que una de sus intenciones era probar, por primera vez de mi parte, la sodomización. O sexo anal, como dicen los que no saben cómo decirlo. En el momento, tal vez, la cuestión futbolística pasó desapercibida. Probamos, por supuesto; una de mis fallas es negarme con contundencia en cosas poco importantes y no en las relevantes, como estas. Pero el resultado fue un modesto intento encubierto con “solamente la puntita” que terminó conmigo sin poder aguantarme un par de gritos y casi sollozando sobre el brazo de quien estaba casi tan abrumado como yo. Ojalá hubiera sido por lo mismo.
J. P. Varsky y Marcelo Gantman son los únicos hombres que me enseñaron que el fútbol es más complejo de lo que parece. A quien este deporte le disgusta, naturalmente va a decir la típica frase de veintidós pelotudos corriendo atrás de una pelota tratando de meterla en el arco contrario. Pero me pregunto yo, poniéndolo en un plano sexual bastante singular, ¿nunca vieron unos cuantos pelotudos todos atrás de la misma mina? Acá también podría aplicarse el hecho de que la mina sea algo pelotuda, tomando como raíz “pelota”, pero eso ya es irse por las ramas, lo admito.
A raíz de esto, nadie debería venir a contradecir si digo que en cuanto una chica muy… paqueta, digamos, se presente como el “premio” a una disputa en la que cualquier apto a la conquista puede participar, no hay dudas de que es una competencia de quién es el más vivo, el que gambetea más, el que más la maneja para meterla -la pelota-, pasando por alto el hecho de si el tipo es el más galán o encantador de todos ellos.
Es una cuestión de conquista, de talento y carisma, no sólo presentarse como un muñeco Ken a disponer del premio argumentando la lindura propia sin esbozar esfuerzo alguno. Aunque por supuesto con sus claras discrepancias, sin pasar por alto el típico “billetera mata galán” -desde Messi hasta Tinelli, por más cara de nabos que tengan, garpan de cualquier manera. Y siguiendo la lógica de mi comparación, puedo decir a mi favor que algunos muchos campeonatos se ganaron así, de esta manera, metiendo las manos en los bolsillos, guiñando un ojo y haciéndose el sota como Dios manda mientras te la mandaban a guardar despacito y bien adentro.
La suerte del fútbol es un término irrefrenable, que va de la mano de las cábalas más crédulas y supersticiones que rozan en momentos lo ridículo. Poniendo un ejemplo concreto y tal vez demasiado personal, voy a contarles una anécdota que me hizo creer que ya estaba un poco más perseguida de la cuenta en esto del campeonato y las connotaciones de los actos propios a las consecuencias en los resultados futbolísticos.
La persona con la cual estoy saliendo es de River, y yo de Vélez, como ya mencioné en un principio. A fines de abril estaban enfrentándose estos mismos equipos en una lucha de mínimos puntos por mantener la punta (Vélez) y arrebatarla (River). Habían pospuesto el partido contra San Lorenzo por el episodio lamentable en que murió un hincha cerca del Amalfinati, y por eso había una desventaja de puntos de nuestra parte. Estaba nerviosa, siempre estoy nerviosa, y los conflictos futbolísticos me dan una buena razón por la cual argumentar mi dramatismo.
Por esas fechas, recuerdo que nos vimos con este señor en cuestión, y habíamos tenido un par de charlas previas algo… sugerentes. El resultado de esto fue descubrir que una de sus intenciones era probar, por primera vez de mi parte, la sodomización. O sexo anal, como dicen los que no saben cómo decirlo. En el momento, tal vez, la cuestión futbolística pasó desapercibida. Probamos, por supuesto; una de mis fallas es negarme con contundencia en cosas poco importantes y no en las relevantes, como estas. Pero el resultado fue un modesto intento encubierto con “solamente la puntita” que terminó conmigo sin poder aguantarme un par de gritos y casi sollozando sobre el brazo de quien estaba casi tan abrumado como yo. Ojalá hubiera sido por lo mismo.
¿A qué viene esta declaración tan escabrosa? Cuando perdimos con Quilmes, el último de la tabla en ese momento, lo quise matar. A él y a mí. Lo odié, perjuré que en mi vida iba a volver a tocarme (en vano, lo admito), y por sobre todas las cosas dejaría de tener sexo anal con él hasta que terminara el torneo, al menos. Sentía -exageradamente, por supuesto- que todo ese estadio sufría porque yo había dejado que me hicieran individualmente lo que nos habían hecho a todos. Lo maldije porque River quedaba en la punta, y River literalmente nos rompía el culo. Nunca mejor dicho.
Ahora claro, las cosas cambiaron mucho. River juega la promoción de la mano de Belgrano y casi medio país está bramándose con esto que es un festín para los ojos. Pongámonos de acuerdo que está todo servido en bandeja de plata, porque no pueden tener tanta mala leche para irse a la promoción justo al pie del día de la bandera. Tanto sea de la parte cínica, como esa mucha gente que lo siente, o quienes vienen con malas intenciones o simplemente aquellos que analizan la situación del fútbol fríamente y sin tomar partido; todos se dieron su lugar para opinar, o lo comentaron con alguien en algo tan masivo como Twitter o simple y arcaico como un encuentro en una esquina.
Mi papá es de River y el otro día no encontraba un trapo seco para algo que se le había caído en el piso. Agarró una toalla vieja y roída, de un rojo desteñido que era de mi hermano y la tiró sin dudar. Cuando el escudo de River quedó del lado de arriba, con él pisándola para secar el piso, no me aguanté a mirarlo escépticamente, a lo que recibí como respuesta “Y bue… no me digas que no se lo merece por lo que estan dejándose hacer”.
Un amigo mío está perdidamente obsesionado con Independiente, y cada día antes de jugar un partido, escucha el cuento “Independiente, mi viejo y yo” de Eduardo Sacheri. Usa siempre la misma ropa para ver los encuentros, y nunca cambia de lugar en su casa para ver los partidos. Ni hablar de levantarse durante el juego; si la vejiga tiene que explotarse, explotará pero en su lugar. Por eso, no me extrañaría que si llegara a ganar o a ver un gol de extraordinario porte, a ese sentimiento que es tan parecido a un orgasmo colectivo le dedique uno en singular esa misma noche, o al término del partido.
El fútbol está en la cotidianeidad. En lo circunstancial y lo absoluto. El sexo también. El fútbol mueve masas, realmente lo hace. Rompe canchas, desgarra gargantas, arrebata vidas y corazones. No nos vamos a meter ahora a ver quién tiene razón o no, porque eso es lo que le quita la pasión que este deporte merece. El fútbol es amor y locura, es apasionante. Por eso no me extraña que los mismos nervios que me dan antes de tener sexo, me den también cuando estoy entrando a la cancha.
Ahora claro, las cosas cambiaron mucho. River juega la promoción de la mano de Belgrano y casi medio país está bramándose con esto que es un festín para los ojos. Pongámonos de acuerdo que está todo servido en bandeja de plata, porque no pueden tener tanta mala leche para irse a la promoción justo al pie del día de la bandera. Tanto sea de la parte cínica, como esa mucha gente que lo siente, o quienes vienen con malas intenciones o simplemente aquellos que analizan la situación del fútbol fríamente y sin tomar partido; todos se dieron su lugar para opinar, o lo comentaron con alguien en algo tan masivo como Twitter o simple y arcaico como un encuentro en una esquina.
Mi papá es de River y el otro día no encontraba un trapo seco para algo que se le había caído en el piso. Agarró una toalla vieja y roída, de un rojo desteñido que era de mi hermano y la tiró sin dudar. Cuando el escudo de River quedó del lado de arriba, con él pisándola para secar el piso, no me aguanté a mirarlo escépticamente, a lo que recibí como respuesta “Y bue… no me digas que no se lo merece por lo que estan dejándose hacer”.
Un amigo mío está perdidamente obsesionado con Independiente, y cada día antes de jugar un partido, escucha el cuento “Independiente, mi viejo y yo” de Eduardo Sacheri. Usa siempre la misma ropa para ver los encuentros, y nunca cambia de lugar en su casa para ver los partidos. Ni hablar de levantarse durante el juego; si la vejiga tiene que explotarse, explotará pero en su lugar. Por eso, no me extrañaría que si llegara a ganar o a ver un gol de extraordinario porte, a ese sentimiento que es tan parecido a un orgasmo colectivo le dedique uno en singular esa misma noche, o al término del partido.
El fútbol está en la cotidianeidad. En lo circunstancial y lo absoluto. El sexo también. El fútbol mueve masas, realmente lo hace. Rompe canchas, desgarra gargantas, arrebata vidas y corazones. No nos vamos a meter ahora a ver quién tiene razón o no, porque eso es lo que le quita la pasión que este deporte merece. El fútbol es amor y locura, es apasionante. Por eso no me extraña que los mismos nervios que me dan antes de tener sexo, me den también cuando estoy entrando a la cancha.
lunes, 20 de junio de 2011
Pérdida de talento
Mi mamá (mirando el cuaderno de comunicados de mi hermanito): Esta firma me parece conocida...
Nico: Sí, es tuya. La hizo ella -señalándome-.
Mamá: Te salió horrible, la verdad.
Yo: Sí, me salía mejor cuando iba al colegio. Ahora perdí práctica.
viernes, 17 de junio de 2011
Muchas respuestas para tan pocas preguntas
Ayer esperaba una propuesta que nunca llegó. Sí, bueno, en realidad me dejaron plantada; aunque a mi favor debo decir que la invitación a la situación la cual no me cumplieron, nunca estuvo. No sé qué es peor, realmente.
Este último tiempo, el stock de respuestas disponibles en mi mente pasa por un proceso de sobrepoblación. Estoy dispuesta a cosas que nadie pregunta, busco soluciones a nulos planteos y excusas para no ir adonde nadie me invita. Es como tratar de ser antisocial sin la sociedad de la cual carecer, ¿sementiende?
Esto podría confundirse con falta de comunicación con personas de carne y hueso -tuve una semana ocupadísima-, antisocialismo natural, o para ponerlo más bello y poético: un degradé de situaciones de mierda que -por buena o mala suerte, elija usted- nadie me hace pasar.
Y sí, por si alguien pregunta, estoy bien. Gracias.
Este último tiempo, el stock de respuestas disponibles en mi mente pasa por un proceso de sobrepoblación. Estoy dispuesta a cosas que nadie pregunta, busco soluciones a nulos planteos y excusas para no ir adonde nadie me invita. Es como tratar de ser antisocial sin la sociedad de la cual carecer, ¿sementiende?
Esto podría confundirse con falta de comunicación con personas de carne y hueso -tuve una semana ocupadísima-, antisocialismo natural, o para ponerlo más bello y poético: un degradé de situaciones de mierda que -por buena o mala suerte, elija usted- nadie me hace pasar.
Y sí, por si alguien pregunta, estoy bien. Gracias.
domingo, 12 de junio de 2011
Conjuntivitis
En el mundo de hoy, así como lo vemos, transitamos y creamos (hagámonos cargo), lo único que masticamos diariamente es realismo. La televisión invade las vidas de los demás para mostrarnos todas las miserias y desencantos de la vida cotidiana. Las novelas son escritas con un sinuoso tumulto de razones por las cuales las cosas que debemos creer son lo suficientemente justificadas para efectivamente, hacerlo. Las obras de teatro, los momentos memorables de nuestro día, el comentario del almacenero del barrio, la charla de las viejas de la esquina o la llamada por teléfono de una novia enamoradiza a su novio de turno. Todo carece ya de fantasía, es todo de repente, golpeando en la cabeza como una masa contra la mesada de mármol, para que se vuelva lisa y homogénea como nuestro pensamiento.
¿Cómo me doy cuenta de esto? Fácil. Me agarró conjuntivitis.
La última vez que me dio conjuntivitis, ponele, tenía como mucho nueve años. Me daba pavor, realmente cada día era un despertar horrorizada cuando esto sucedía. Porque cada vez que me levantaba, sentía que me había quedado ciega por no comer suficiente zanahoria en la cena, pensaba que el mundo había perdido los colores, que alguien había tapado el sol con unas garras que eran tan oscuras como para no llegar a verlas en la penumbra. Mi mente imaginaba, fantaseaba con que me habían secuestrado extraterrestres y me habían llevado hacia la negrura infinita del universo, o que mi hermana había decidido, finalmente, sacarme los ojos de cuajo por haberle leído la página veintiséis del diario íntimo, donde confesaba que le gustaba Mauro, el compañero de colegio.
Hasta que después de exaltarme, respirar tan fuerte como para sollozar y desesperar a mi papá, abría los ojos separando dolorosamente las pestañas; para ir despegando los párpados a la realidad soporífera. Y solamente ahí, volvía a sentirme a salvo, pasándome las manitos por los ojos como rogando que no volviera a pasar eso, que la fantasía no me adueñara de nuevo y que la confortable realidad siempre quedara.
Hoy me levanté con los ojos pegados, como cuando tenía nueve años, y si no hubiera sido por las lagañas creo que ni lo notaba; sin pensarlo me despegué las pestañas rápido, con un insulso movimiento de dedos separando los párpados, sin imaginar nada, sin rememorar a los extraterrestres ni a Mauro ni a mi hermana, ni la negrura infinita del universo.
Me sentí grande, pero mal; me sentí perdida en la realidad que antes, justamente, me confortaba.
¿Cómo me doy cuenta de esto? Fácil. Me agarró conjuntivitis.
La última vez que me dio conjuntivitis, ponele, tenía como mucho nueve años. Me daba pavor, realmente cada día era un despertar horrorizada cuando esto sucedía. Porque cada vez que me levantaba, sentía que me había quedado ciega por no comer suficiente zanahoria en la cena, pensaba que el mundo había perdido los colores, que alguien había tapado el sol con unas garras que eran tan oscuras como para no llegar a verlas en la penumbra. Mi mente imaginaba, fantaseaba con que me habían secuestrado extraterrestres y me habían llevado hacia la negrura infinita del universo, o que mi hermana había decidido, finalmente, sacarme los ojos de cuajo por haberle leído la página veintiséis del diario íntimo, donde confesaba que le gustaba Mauro, el compañero de colegio.
Hasta que después de exaltarme, respirar tan fuerte como para sollozar y desesperar a mi papá, abría los ojos separando dolorosamente las pestañas; para ir despegando los párpados a la realidad soporífera. Y solamente ahí, volvía a sentirme a salvo, pasándome las manitos por los ojos como rogando que no volviera a pasar eso, que la fantasía no me adueñara de nuevo y que la confortable realidad siempre quedara.
Hoy me levanté con los ojos pegados, como cuando tenía nueve años, y si no hubiera sido por las lagañas creo que ni lo notaba; sin pensarlo me despegué las pestañas rápido, con un insulso movimiento de dedos separando los párpados, sin imaginar nada, sin rememorar a los extraterrestres ni a Mauro ni a mi hermana, ni la negrura infinita del universo.
Me sentí grande, pero mal; me sentí perdida en la realidad que antes, justamente, me confortaba.
jueves, 9 de junio de 2011
Primero lo primero
Haciéndome la sexy (mi autoestima no me permite considerarme de este modo en absoluto) me acosté en la cama. Estaba pasada de lamidas, extasiada en el pensamiento de lo que avecinaba, regodeándome entre las sábanas como vaticinándoles que pronto estarían muy arrugadas. Él se acerca, como siempre concentrado en su tarea porque para desconsuelo de ambos el tiempo no nos sobraba. Cada minuto era preciso para completar no sólo el turno del telo, sino una fantasía que se venía formando entre los dos durante semanas.
- ¿Qué querés hacer?- le pregunto adoptando una voz suave, en un susurro con la cara medio escondida. Mi intención, como creo que lo hice, fue como rogando, o intentando igualar la clásica inocencia fingida del "¿qué pretende usted de mi?"; con la firme intención de regodearme en una burbuja de fantasía juguetona y acolchonada que estaba a punto de comenzar a llegar a su punto más interesante.
- Primero quiero entrar.
La respuesta fue técnica, sincera, súmamente concentrada -nadie puede decir lo contrario- Pero supe que no había entendido el punto, mi encantadora intención derribada por el tsunami de una necesidad urgente, arrasando a su paso todo el deseo sugestivo. Me callé y seguí como si nada. Mejor suerte la próxima, pensé mientras gemía suavemente, tratando de que al menos aquello saliera natural, con la intención que, supongo, debe tener.
- ¿Qué querés hacer?- le pregunto adoptando una voz suave, en un susurro con la cara medio escondida. Mi intención, como creo que lo hice, fue como rogando, o intentando igualar la clásica inocencia fingida del "¿qué pretende usted de mi?"; con la firme intención de regodearme en una burbuja de fantasía juguetona y acolchonada que estaba a punto de comenzar a llegar a su punto más interesante.
- Primero quiero entrar.
La respuesta fue técnica, sincera, súmamente concentrada -nadie puede decir lo contrario- Pero supe que no había entendido el punto, mi encantadora intención derribada por el tsunami de una necesidad urgente, arrasando a su paso todo el deseo sugestivo. Me callé y seguí como si nada. Mejor suerte la próxima, pensé mientras gemía suavemente, tratando de que al menos aquello saliera natural, con la intención que, supongo, debe tener.
lunes, 6 de junio de 2011
Ilusión in vitro
Uno se va armando la cabeza en torno a las cosas. Inevitablemente, aunque quiera desear lo contrario o se intente convencer a uno mismo de que eso que está planteándose como futuro, es inevitablemente una probabilidad, no un destino.Pero así y todo, seguramente hacemos lo mismo.
Hoy a la mañana acompañé a una amiga a la clínica. Estaba con dolor de ovarios, en el vientre y las piernas hace semanas, además de tener un período muy irregular. Como se tomó bastantes pastillas que solamente le hacían cosquillas a las molestias, me preguntó anoche si podía acompañarla y hoy quedamos en ir temprano a la guardia de ginecología.
Daniela ya tuvo un aborto, no inducido, cuando quedó embarazada de un novio que mejor perderlo a encontrarlo. La marcó mucho, en maneras que a mi ni me entran en la cabeza poder imaginar; - son pocas las formas en que uno piensa sobre la vida y lo que vale después de haber perdido un primer hijo-, dijo ella. Pero después de casi un año, volvió a estar bien. Lo encontró a Fede, un tipo que dentro de todo es buen chabon, no se le ven malas intenciones ni por dentro ni por fuera, y está perdidamente enamorado de ella. Con sus muchas, muchísimas inseguridades incluidas y todas las boludeces que este estado patético genera.
Pero Dani volvió a creer, volvió a estar con él aguantándole todo y entregando mucho de sí. Paciencia, tiempo, cariño y delicadeza; cosas que no le muestra a casi nadie. Con sus idas y vueltas, hace más de un año que están juntos y hace dos meses que ella insiste en garchar sin forro, con él acabando adentro "con toda la furia" como suele decirme cuando se desinhibe un poco. Y aunque yo creo que es una locura embarazarse antes de los treinta, no puede evitar estar ansiosa a que el destino le muestre las cartas, pero sin hacerse la cabeza. El sí o el no son respuestas, ella espera cualquiera de las dos.
Por esto, mis nervios cuando me contaba de sus dolores, sobretodo el del vientre, se hicieron evidentes a una sola cosa. Embarazo. Llegó y voy a ser madrina, pensemos en nombres, yo le voy a regalar un babero de Vélez mientras que ella uno de Chacarita y Fede uno de Racing. Tremenda trifulca iba a armarse en la sala de parto. Minutos después en los que le insistí por una respuesta de una buena vez, íbamos a la clínica en colectivo, porque después de saber la noticia sabía que no iba a poder manejar.
Entrada, papeleo, sala de espera, silencio entre ambas y muchos pensamientos formando un eco inevitable. Había una chica de unos quince, como mucho diecisiete años, con un chico con cara de "yo no fui" haciéndole guardia al lado. Parecían que habían caído ahí sin saber cómo. Había una mujer grande, regordeta y de pelo corto, acompañando a una pareja en la que la chica parecía estar muy cansada y abatida. Llaman a mi amiga, y después de ofrecerle el lugar a la pareja pues la chica se veía muy mal, le dijo que no era nada, que estaba bien y pasó ella. Afuera seguí pensando en esto, en cómo iba a ser. En dónde iba a vivir, si se iba a mudar con él, si iba a verla tan seguido como ahora o iba a cambiar mucho. De seguro iban a cambiar innumerables cosas, probablemente no la iba a ver tanto a ella. Después volví a cavilar sobre eso y sonreí; no, seguramente la iba a ver mucho, muchísimo más.
Sale -el tiempo se hizo muy corto- y me dice que vayamos al laboratorio. Mientras bajábamos las escaleras, con la receta de un examen de orina y uno de sangre en la mano, yo ya sentía que las piernas me temblaban. Ella sonreía y me decía que me tranquilizara, que la que debía de estar nerviosa era ella. Pero antes que nada, me dijo aquello por lo que ahora vengo a escribir la situación: "No te adelantes a las cosas".
Hicimos el examen y nos sentamos a esperar los resultados en una escalera medio escondida, hablando de la clínica, de la doctora, y yo obviamente le dije que apenas llegaba a casa iba a publicar algo en facebook, para que Fede se enterara que era padre por una notificación. Iba a ser mi última voluntad, claro, porque si aquello fuera a pasar juró matarme inmediatamente después.
Y fue corto, conciso, como cuando te sacás una curita para ponerte otra nueva y no hay más cicatriz. Una desilusión ambigua, rara. La llamaron, diciendo mal su apellido como casi siempre, y le entregaron el sobre. No dio mucha vuelta porque no le gusta dar mucha vuelta con esas cosas. Y fue como si de repente todo el cuarto, el moisés, la ropa chiquita y el babero de Vélez se hubiera esfumado al simple segundo después de haber leído "Negativo". A ella no le dije nada. "Parece que todavía no es el momento", me dije para adentro.
Daniela todavía no va a ser madre, yo todavía no voy a ser madrina. No sabe si quiere, tampoco si no quiere serlo, sin embargo la realidad todavía no la hizo decidir acomodar sus ideas a fuerza de una decisión ya fecundada. En cambio, por mi parte, la ilusión la vengo gestando hace meses.
Hoy a la mañana acompañé a una amiga a la clínica. Estaba con dolor de ovarios, en el vientre y las piernas hace semanas, además de tener un período muy irregular. Como se tomó bastantes pastillas que solamente le hacían cosquillas a las molestias, me preguntó anoche si podía acompañarla y hoy quedamos en ir temprano a la guardia de ginecología.
Daniela ya tuvo un aborto, no inducido, cuando quedó embarazada de un novio que mejor perderlo a encontrarlo. La marcó mucho, en maneras que a mi ni me entran en la cabeza poder imaginar; - son pocas las formas en que uno piensa sobre la vida y lo que vale después de haber perdido un primer hijo-, dijo ella. Pero después de casi un año, volvió a estar bien. Lo encontró a Fede, un tipo que dentro de todo es buen chabon, no se le ven malas intenciones ni por dentro ni por fuera, y está perdidamente enamorado de ella. Con sus muchas, muchísimas inseguridades incluidas y todas las boludeces que este estado patético genera.
Pero Dani volvió a creer, volvió a estar con él aguantándole todo y entregando mucho de sí. Paciencia, tiempo, cariño y delicadeza; cosas que no le muestra a casi nadie. Con sus idas y vueltas, hace más de un año que están juntos y hace dos meses que ella insiste en garchar sin forro, con él acabando adentro "con toda la furia" como suele decirme cuando se desinhibe un poco. Y aunque yo creo que es una locura embarazarse antes de los treinta, no puede evitar estar ansiosa a que el destino le muestre las cartas, pero sin hacerse la cabeza. El sí o el no son respuestas, ella espera cualquiera de las dos.
Por esto, mis nervios cuando me contaba de sus dolores, sobretodo el del vientre, se hicieron evidentes a una sola cosa. Embarazo. Llegó y voy a ser madrina, pensemos en nombres, yo le voy a regalar un babero de Vélez mientras que ella uno de Chacarita y Fede uno de Racing. Tremenda trifulca iba a armarse en la sala de parto. Minutos después en los que le insistí por una respuesta de una buena vez, íbamos a la clínica en colectivo, porque después de saber la noticia sabía que no iba a poder manejar.
Entrada, papeleo, sala de espera, silencio entre ambas y muchos pensamientos formando un eco inevitable. Había una chica de unos quince, como mucho diecisiete años, con un chico con cara de "yo no fui" haciéndole guardia al lado. Parecían que habían caído ahí sin saber cómo. Había una mujer grande, regordeta y de pelo corto, acompañando a una pareja en la que la chica parecía estar muy cansada y abatida. Llaman a mi amiga, y después de ofrecerle el lugar a la pareja pues la chica se veía muy mal, le dijo que no era nada, que estaba bien y pasó ella. Afuera seguí pensando en esto, en cómo iba a ser. En dónde iba a vivir, si se iba a mudar con él, si iba a verla tan seguido como ahora o iba a cambiar mucho. De seguro iban a cambiar innumerables cosas, probablemente no la iba a ver tanto a ella. Después volví a cavilar sobre eso y sonreí; no, seguramente la iba a ver mucho, muchísimo más.
Sale -el tiempo se hizo muy corto- y me dice que vayamos al laboratorio. Mientras bajábamos las escaleras, con la receta de un examen de orina y uno de sangre en la mano, yo ya sentía que las piernas me temblaban. Ella sonreía y me decía que me tranquilizara, que la que debía de estar nerviosa era ella. Pero antes que nada, me dijo aquello por lo que ahora vengo a escribir la situación: "No te adelantes a las cosas".
Hicimos el examen y nos sentamos a esperar los resultados en una escalera medio escondida, hablando de la clínica, de la doctora, y yo obviamente le dije que apenas llegaba a casa iba a publicar algo en facebook, para que Fede se enterara que era padre por una notificación. Iba a ser mi última voluntad, claro, porque si aquello fuera a pasar juró matarme inmediatamente después.
Y fue corto, conciso, como cuando te sacás una curita para ponerte otra nueva y no hay más cicatriz. Una desilusión ambigua, rara. La llamaron, diciendo mal su apellido como casi siempre, y le entregaron el sobre. No dio mucha vuelta porque no le gusta dar mucha vuelta con esas cosas. Y fue como si de repente todo el cuarto, el moisés, la ropa chiquita y el babero de Vélez se hubiera esfumado al simple segundo después de haber leído "Negativo". A ella no le dije nada. "Parece que todavía no es el momento", me dije para adentro.
Daniela todavía no va a ser madre, yo todavía no voy a ser madrina. No sabe si quiere, tampoco si no quiere serlo, sin embargo la realidad todavía no la hizo decidir acomodar sus ideas a fuerza de una decisión ya fecundada. En cambio, por mi parte, la ilusión la vengo gestando hace meses.
sábado, 4 de junio de 2011
El empujón
Hoy fui a Jumbo. Me gusta ir a Jumbo, porque es grande, hay una cierta cantidad de gente pero no la suficiente como para que te rompa demasiado las pelotas tanta sociedad consumiendo siempre lo mismo. Paseo un rato, voy, veo las millonadas de boludeces que nunca voy a comprar y disfruto mirando a ese hombre solitario en el patio de comidas leyendo el diario entre amas de casa desesperadas y empleados corriendo de acá para allá con cafés y facturas. Lo que más me gusta son los nenes, porque hay pocos y no son generalmente de esos que se encaprichan con cualquier cosa. Se encaprichan con lo más caro, y el tiempo en el cual insisten es espantosamente corto como para ser considerado berrinche en sí, porque los padres generalmente les compran aquella pelota, esa caja de cereales que se vende por hojuela, o ese oso que seguramente va a ir a parar a la colección de la nena al costado de la cama.
Compré bastante más de las diez o quince cositas que pensé que iba a llevar, y decidí que mejor iba a dejarlas para que me las mandaran a domicilio.
Después del trámite correspondiente, voy a la puerta y salgo caminando tranquila abajo del sol, que resguardaba un poco con lo que le quedaba de fuerza a todas las personas que bajo la sombra sufrían demasiado el frío. Y por no molestar a mi papá, por no llamarlo y decirle "terminé las compras, vení a buscarme", por no comportarme como esos nenes caprichosos de antes que les gustaba todo y no se conformaban con nada aunque sus padres se lo compraran, me fui sola. Total, era tomar un colectivo y me dejaba a dos cuadras de casa.
En la parada no esperé nada, llegué dos minutos antes de que viniera el colectivo. Las monedas eran justas, una de un peso y una de diez centavos. El colectivero era de esos copados, que te saludan con la resaca de tener que laburar un sábado pero te sonríen de cualquier manera. Había poca gente, la mayoría viejitos y gente tranqui. Me fui a sentar sola, pero el asiento quedaba a la sombra. Me fui a sentar atrás, con un solo tipo, grandote, bastante lindo, que me dejó el lugar más a la esquina -el más iluminado por el sol- porque advirtió mi búsqueda mientras caminaba. Estoy casi, casi segura de que me miró el culo cuando me sentaba. Tenía un bolso, y estaba vestido con un sweater verde musgo que ya a primera vista me encantaba.Cuando encendió algún reproductor que no vi, me gustó que se escuchara desde mi lugar -lejos pero no tanto-, demostrando su gusto por las cosas intensas, fuertes, que hagan mal pero que se sientan. Me quedé pensando que tenía buen gusto musical aparentemente, y que si pudiera mirarlo de reojo sin parecer tarada entrecerrando los ojos por el reflejo del sol, le pediría el teléfono en algún otro universo hipotético; gracias a algún empujón imaginario de valentía que mi personaje en aquel mundo pudiera tener.
Estaba a dos cuadras de la parada de mi casa, traté de levantarme con la galanura digna de una dama inglesa, pero el colectivo frenó porque algún idiota metió la trompa del auto en la esquina. El empujón del destino fue inmediato. Me caí sentada, para atrás, obvio, y casi encima la pierna del tipo. Tardé una milésima de segundo en hacer sinapsis sobre lo más importante aún de la cuestión; estaba apoyándome con la mano firme y la palma totalmente abierta sobre la entrepierna del señor. A partir de ahí fue automático.
Me levanté de un salto, con la sonrisa bochornosa delatándome desde las mejillas; el tipo aceptó mis nerviosas disculpas al tiempo que yo tocaba el timbre para bajar lo antes posible de aquella situación y no largarme a reír en ese mismo lugar. Me miró a los ojos, enormes porque no dejaba atrás la sorpresa, y me habló en voz bajita. "Si hubiera tenido un empujón más de valentía, te hubiera pedido el teléfono" dando por recuerdo del pasado el momento en el que estábamos. Me sonrió y yo no podía mirarlo a la cara. Cuando bajé me di vuelta instintivamente, y me guiñó el ojo. Le sonreí. Y sin ningún afán de esquivarlo, se dejó tirar por el instinto y me miró el culo.
Sin más disculpa disponible más que la visual, tengo que admitir que contoneé un poco de más las caderas mientras el colectivo pasaba y se perdía hacia atrás.
Compré bastante más de las diez o quince cositas que pensé que iba a llevar, y decidí que mejor iba a dejarlas para que me las mandaran a domicilio.
Después del trámite correspondiente, voy a la puerta y salgo caminando tranquila abajo del sol, que resguardaba un poco con lo que le quedaba de fuerza a todas las personas que bajo la sombra sufrían demasiado el frío. Y por no molestar a mi papá, por no llamarlo y decirle "terminé las compras, vení a buscarme", por no comportarme como esos nenes caprichosos de antes que les gustaba todo y no se conformaban con nada aunque sus padres se lo compraran, me fui sola. Total, era tomar un colectivo y me dejaba a dos cuadras de casa.
En la parada no esperé nada, llegué dos minutos antes de que viniera el colectivo. Las monedas eran justas, una de un peso y una de diez centavos. El colectivero era de esos copados, que te saludan con la resaca de tener que laburar un sábado pero te sonríen de cualquier manera. Había poca gente, la mayoría viejitos y gente tranqui. Me fui a sentar sola, pero el asiento quedaba a la sombra. Me fui a sentar atrás, con un solo tipo, grandote, bastante lindo, que me dejó el lugar más a la esquina -el más iluminado por el sol- porque advirtió mi búsqueda mientras caminaba. Estoy casi, casi segura de que me miró el culo cuando me sentaba. Tenía un bolso, y estaba vestido con un sweater verde musgo que ya a primera vista me encantaba.Cuando encendió algún reproductor que no vi, me gustó que se escuchara desde mi lugar -lejos pero no tanto-, demostrando su gusto por las cosas intensas, fuertes, que hagan mal pero que se sientan. Me quedé pensando que tenía buen gusto musical aparentemente, y que si pudiera mirarlo de reojo sin parecer tarada entrecerrando los ojos por el reflejo del sol, le pediría el teléfono en algún otro universo hipotético; gracias a algún empujón imaginario de valentía que mi personaje en aquel mundo pudiera tener.
Estaba a dos cuadras de la parada de mi casa, traté de levantarme con la galanura digna de una dama inglesa, pero el colectivo frenó porque algún idiota metió la trompa del auto en la esquina. El empujón del destino fue inmediato. Me caí sentada, para atrás, obvio, y casi encima la pierna del tipo. Tardé una milésima de segundo en hacer sinapsis sobre lo más importante aún de la cuestión; estaba apoyándome con la mano firme y la palma totalmente abierta sobre la entrepierna del señor. A partir de ahí fue automático.
Me levanté de un salto, con la sonrisa bochornosa delatándome desde las mejillas; el tipo aceptó mis nerviosas disculpas al tiempo que yo tocaba el timbre para bajar lo antes posible de aquella situación y no largarme a reír en ese mismo lugar. Me miró a los ojos, enormes porque no dejaba atrás la sorpresa, y me habló en voz bajita. "Si hubiera tenido un empujón más de valentía, te hubiera pedido el teléfono" dando por recuerdo del pasado el momento en el que estábamos. Me sonrió y yo no podía mirarlo a la cara. Cuando bajé me di vuelta instintivamente, y me guiñó el ojo. Le sonreí. Y sin ningún afán de esquivarlo, se dejó tirar por el instinto y me miró el culo.
Sin más disculpa disponible más que la visual, tengo que admitir que contoneé un poco de más las caderas mientras el colectivo pasaba y se perdía hacia atrás.
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